3 de Junio


Dedicatoria

Pop Decó
La exposición internacional de los 80, Lp
Nuevos Medios, 1986
MP3: http://www.megaupload.com/?d=N93LXFR3

La cabeza va a estallar, a punto de esparcirse, diseminarse, entre el vasto alrededor; partículas propulsadas por una fuerza interior que no hace más que consumirme, ya que, lentamente, escarba la materia que sostiene los pilares sobre los que se asienta parte de mi dualidad aristotélica acerca del cuerpo y el alma.
La tela entretejida de sentimientos mantiene una unión, que aparentemente no es tal, víctima de las estabilizadoras fuerzas de van der Waals. Empezaré a reaccionar llegado el momento de la ruptura, mientras, espero consumirme poco a poco, sintiendo como las briznas de paja vuelan meciéndose según la cadencia de alguien que esta tan por encima de ellas como de mí. Sombras sin rastro, huellas inmateriales, curvas tomadas en flirteo con la cinética sobredimensionada, el tránsito hacia el camino sin retorno.
Entre tanto, las nubes, cobijo eterno dispuesto a modo de plañidera, sopesan el devenir del arte; ellas también. Curadores, galeristas, aficionados, anodinos visitantes, críticos subversivos, crueles e infames carroñeros constructores de prejuicios; suerte que de entre la maleza siempre crece alguna flor de frágil tallo, livianas acuarelas entre el forraje mundano del óleo sobre tabla.
La exposición ha sido un éxito, hecho verdaderamente cuestionable, según se extrae de la cifra de visitantes. Así se sustenta parte de la crítica, para ella mi más deshonesta dedicatoria, sobre objetivas subjetivizaciones en torno a la masa, parte de esa argamasa sobre la que fragua el negocio que me mantiene a flote, y del que cada vez más se alejan mis planteamientos para abrazar una mercantilización que no es sino otra prueba acerca de los valores que imperan en el giro hacia el infierno de la cotidianeidad.

27 de Mayo


Souvenir of China

Jean Michel-Jarre
The Concerts in China, Lp
Polydor, 1982
MP3: http://www.megaupload.com/?d=71SVLFL4

Entablo relación con el medio que me rodea de un modo particular en comparación con la monotonía –¿debiera decir atonía?– que la masa desarrolla en las manifestaciones sociales con las que suele prodigarse los días de asueto, esos que confieren la necesaria, y justa, dosis de efímera libertad. No cabe referirse de otro modo respecto al fin de semana, breve período que separa la mísera realidad de la falaz paz dominical. Único día en el que las puertas del museo están abiertas de par en par, sumando números que engrosan estadísticas, facturación, reflejo del grado triunfal socio-mediático que el arte posee.
Esos días huyo de la casa de las paredes en blanco, del espacio envuelto en un aura azulada fluorescente; escapo en dirección a mi lugar predilecto, el verde valle al abrigo de las montañas empinadas plagadas de empecinados pinos que resisten la mano inmisericorde del fuego humano. Desde esa privilegiada atalaya veo el parsiomioso transcurrir de lo que rápidamente se escapa por entre los puños cerrados de los grupúsculos que, extasiados, sofocan sus ansias de parecer, refinados participantes de un espectáculo ajeno a su clase social: la contemplación extática de la obra de arte.
Mientras tanto, muy de vez en cuando, holla la quietud el paso, vertiginoso y fugaz, de algún automóvil dispuesto a repartir alguna mercancía que no alcanza a esperar la maduración del proceso natural. Algunas granjas y sus silos de pienso, el torreón de la iglesia que asoma de entre los techos de pizarra negra; el recto atravesar de los antiguos postes de madera del tendido eléctrico; agrupaciones boscosas de pinos que en su momento ofrecen sorpresas micológicas… sorprendido asisto a lo que puede calificarse regalo de un cielo que espera ansioso que algún día llame a su puerta; un rebaño de ovejas asoma por encima de la loma en esta mañana de otro gran día. La tranquilidad con la que avanzan hacia mi posición contrastaría con la acelerada confusión de los espectadores del museo del monocromo. Contemplar el rebaño desperdigadamente recogido me lleva a reflexionar acerca de la figura del curador museístico, genuina encarnación del pastor del ser en ese rebaño de ávidas ánimas dominicales. Heidegger en pura confrontación con la ascensión de las prácticas artísticas al status de puro objeto mercadotécnico predispuesto a engrosar, cual número, las cifras de adquisiciones hechas por el museo donde reposan los restos de alguna de mis más célebres obras. Pura contradicción desde el mismo centro, ese que aglutina, con un solo gesto del pastor, a todas las ovejas en una zona de verdes arbustos proclives a ser ramoneados.
El acercarse de los bovinos trae consigo la banda sonora en un estéreo agradecido de ser mostrado en toda la amplitud del campo cercano; tañidos de cencerros que en manos de algún músico pasarían por puros ejercicios de música conceptual, un ir más allá de los límites para sentirse a gusto donde nadie osaría plantar los pies. Esta sinfonía digna del mejor auditorio me empuja a imaginar la pura realidad entre las paredes del museo del monocromo. La sonoridad en dichas asépticas salas pasa por ser otra sinfonía bien diferente, cercana a los clicks&cuts, profusiones entre el silencio a base de discordantes emulsiones sonoras apropiadas del detritus sonoro; una continua melodía de seducción obrada por los obturadores de las cámaras fotográficas. Flashes, prohibidísimos, y carretes de película consumidos frugalmente ante unas obras de arte que no saben la atención que mantienen ante un atónito espectador dispuesto a inmortalizar aquello que ni entiende ni pretende hacerlo; toda su voluntad muere en el clic de su cámara digital, la misma que alberga infinidad de momentos que jamás contemplará de nuevo.
Si los flashes no cesan de repetirse hasta llenar el vacío de las salas, los balidos, nacidos como pura comunicación animal, mutan en cuchicheos en torno al continuo sortear carricoches infantiles. No hay lugar a la duda, el museo del monocromo, otro de tantos en ruinas, alberga el alimento cultural de la mediocridad, y no por la lana de sus visitantes cuadrúpedos sino por la plenitud del visitante bípedo. Por esto y más entiendo la profusión de falsos halagos que Angélica hace de las obras que alcanza a ver cuando se deja caer por entre esas paredes.