5 de febrero



Rain Hard

K.R.B.
Preludio, Mini-Lp
Contraseña Records, 1991
MP3: http://www.megaupload.com/?d=NI51BMCM

Aburrido miro por el ventanal de la sala de exposiciones que el museo del monocromo ha tenido a bien ceder temporalmente a la sociedad benéfica de afectados por el cáncer. El programa incluye muestras quincenales de artistas emergentes dispuestos a, haciendo uso de metáforas cercanas al vulgo, bajarse los pantalones. Me refiero a novicios en las lides del arte de mercado, chicos y chicas hambrientos de devorar la parte de tarta de arándanos que creen merecerse. Ello se traduce en una venta con pingües beneficios para ellos, y muchos para los organizadores, los cuales destinarán una exigua parte a la sociedad, y el resto, esa gran porción que los participantes creían llegar a saborear, a sus amplios y, según ellos, siempre menguantes bolsillos. Y es que esto es un negocio como otro cualquiera, la oferta en función de la demanda.
A mis oídos, cansados, llegan las impertinencias de un don nadie que se cree poseedor de un orinal mejor que el resto; yo lo que quiero son cuadros grandes, vocifera como si estuviera delante de las cámaras de un programa de pura, pueril diría, realidad. Cualquier psicólogo le sacaría la receta de sus problemas con el estudio de su frase, comenzando por el yo, implícito en el uso de la primera persona del singular. Lo peor de todo es que el singular y estúpido nuevo rico se sale con la suya; la organización sonríe ante la venta, y el artista, el último de la fila, suda una lágrima ante lo que el considera un sonoro triunfo. Ya sentirás la dureza de la lluvia cuando se te rompa el paraguas, te lo dice uno que lleva ya demasiados años en el circo del arte.
Suelto lastre en mi ascenso hacia la zona de canapés; como una voz en off, para mí lo importante es estar aquí y participar, revelándonos a todos los presentes el negativo de un pensamiento que no debía haber sobrepasado el umbral de la sinapsis. Y como este perdedor otros tantos muchos; savia nueva o carne para la picadora según se mire.
Con la arcada a punto de caramelo, la mecha sobre el trinitrotolueno la pone una coda bordada casi por manos de una monja: es que llegamos sufriendo al remate.
W.C. W.C. ¿Dónde queda el W.C.?

29 de enero



Shalom

Effects
Shalom, Mini-Lp
Animal Records, 1990
MP3: http://www.megaupload.com/?d=CF9XB9JH

Las tardes de invierno mutan al oscuro ocaso con la facilidad que las abejas encuentran el polen en ese millón de pistilos envenenados de vida. La duda queda en si, baluarte de los escépticos británicos del siglo XVII, mañana volverá a aparecer la misma bruma que entorpece el acontecer de una raza venida a menos: la humana.
De eso, y más he, podido dar buena cuenta justo antes de salir de Riverside dirección Queens. Atontándome un poco frente a la Brillo Box catódica, las noticias salpican violentamente lo que por ya oído no deja de ser noticia; la muerte no respeta lugares ni sociedades, y la tan comedida británica, por lo menos de puertas a fuera, ha amanecido envuelta en un rojo bermellón que remite al más bajo instinto criminal. Para no variar, yo, bastante abstraído de la cotidiana realidad, nunca consigo enterarme de nada más que cuando alcanza mi cuenta corriente.
De ello, de los dígitos de control de mis ahorros, voy pensando mientras deshago la maraña de kilómetros que el tranvía ha de trazar entre los puntos de origen y destino, ambos distantes bien poco sobre el mapa aunque físicamente separados por la bahía de Long Island. Para colmo de males, el barco entre Bridgeport y Jefferson Port está cerrado porque los muy desconsiderados de sus trabajadores se han declarado en huelga solicitando un aumento de sueldo. Sin ánimo de parecer de otra época, mi origen humilde desapareció con el paso del tiempo, máxime cuando abracé por completo la bohemia y el aroma a vino y rosas, y ya remoto él me cuesta imaginar un viaje en transporte público. No se trata de descender hacia esos círculos concéntricos de la esquizofrenia que es el suburbano, no; sino del aparente amigable paseo que supone la visión del trayecto, cual panorámica turística, que del tranvía se presupone. Ese matiz invisible de sorpresa que puede deparar el trayecto cerca del mar desaparece cuando asciendes, en mi caso descenso social, al susodicho elemento de transporte. Este tipo de cosas sólo las haría por amor y amistad, y visto que de lo primero la despensa tirita desconsolada, decido echarme la manta a la cabeza e ir a visitar, una mera excusa cuando no se atreven a pedir ayuda, a mi buen amigo Klaus, emigrante como yo, aunque por causas bien distintas, manifestando con ello que un ario como él y un judío pueden encontrar la amistad a pesar de la cantidad de cristales rotos a lo largo de una noche, aquella fatídica de Nürenberg.

22 de enero


Crest

Tortoise
It’s all around you, Lp
Thrill Jockey, 2004
MP3: http://www.megaupload.com/?d=1HLK4YU1

Absorto contemplo la superficie de la piscina climatizada, la claridad de sus aguas, lo diáfano de su a través, de su entre, del espacio que separa a mi cuerpo del fondo de la cavidad que me permite repasar mentalmente lo sucedido durante los últimos días, cercanas horas, lejanos minutos.
A ella no sólo acuden artistas del mediático subsuelo neoyorkino, sino también padres arrastrando a sus polluelos a la clase de natación. Y ellos, los más pequeños, bien cerca del borde es cuando tienen que enfrentarse a la soledad que también siento yo. Sin mano a la que asirse, ignoran lo que les puede suceder; pasar de cero a cien sin notar apenas golpe alguno. Ajenos a la inherente amenaza que el humano encarna, quizá puedan presentir su caída al agua de un modo fortuito, hecho que les permite albergar en sus propias carnes la sensación casi eterna del desaparecer de la faz de la tierra.
Por lo menos fue lo que sentí yo aquella tarde soleada de verano en que aguardaba la conclusión de la digestión; tres horas marcaba mi madre como inevitable lapso de tiempo; eterna espera mientras contemplaba al resto de niños como disfrutaban, ya, de la interminable tarde de juegos acuáticos en lo que era la piscina pública de mi lejano lugar de origen. Nada, ni nadie, me hacían presagiar lo que el destino iba a depararme. Fingidas disputas a un lado, carreras por otro, gritos y explosiones de ignorada felicidad eran los síntomas de otra tarde más de infinita diversión; hasta que la espera se vio truncada por una mano sobre mi espalda, falsa amiga que me envió al fondo de la piscina de adultos, territorio virgen para mi escasa edad. De cero a cien sin notar espera alguna, tan sencillo como cerrar los ojos y sentir la insana protección de un baño de cromo. Mi incapacidad para nadar, el fondo en el que no podía hacer pie; la sensación de chillar y no alcanzar el borde, o una mano que me salvara, esparcían sin remisión lo que luego sería un trauma, o mi incapacidad para sumergirme en aguas turbulentas, de inconscientes umbrales, turbias, de invisible fondo en su caudal.
Al ver a los infantes, me cercioro de que nadie se acerque con ánimo de empujarlos, indefensos, a la piscina en la que a diario luchan por mantenerse a flote, para que no les suceda lo mismo que entonces me ocurrió a mí hace ya demasiados lustros.

14 de enero


El silencio de los cisnes

El último sueño
El silencio de los cisnes, 7”
G.A.S.A., 1984
MP3: http://www.megaupload.com/?d=0JLI0B9D

Las luces melodramáticas auguran una mejor segunda parte, tan paradójico como mi ausencia de somnolencia a ciertas horas de la tarde-noche; y es que ya estoy mayor, la edad no pasa en balde y me cobra en cuerpo lo que no alcanza a arañar en la mente. De repente la música inicia la ruptura del silencio sepulcral, ese que en no muchos años bañará mi lugar en no se que parte del infinito. Y hablando de infinito, la súbita melodía empieza a sobreexponer la visión que en mi retina forma el pensamiento de una época que no volverá. La nitidez del recuerdo retuerce el cuello de los cisnes en lo que es una genuina sinfonía descolocada, interferida, impostada y transferida de la oquedad de la memoria al regocijo de mis párpados.
No se ya ni lo que digo, más me valdría pintar sin parar hasta la llegada de la de la guadaña; pero hasta entonces bien puedo esperar contemplando las manos deslizarse por las teclas del piano de la orquesta. Que maravilla; como embebido en éter, el sonido del instrumento se desliza por entre todos nosotros, extáticos de tanta excelsa y prístina belleza.
Sin perder de vista la visión de nuestras almas, me encaramo a la copa del sombrero de mi vecino con ánimo de contemplar el piano; y como no podía tratarse de otra manera, sorprendo a mi sombra junto a la del conspicuo Vostell, otro de esos viejos y difuntos amigos míos, en lo que es su piano sordo-mudo. Como si los ladrillos del muro de Berlín hubiesen sido molidos para suerte de mortero hidráulico, la pasta resultante ha sido vertida en el interior del instrumento con el valiente propósito de no emitir sonido alguno. El ataque de las notas por parte del músico bien puede calificarse de ejercicio de prestidigitación, ventrílocuo de ese inconmensurable regalo que es el sonido de los ángeles.
Anhelando la sensación recién vivida, cierro los ojos y veo al padre del jetismo, el único individuo capaz de beberse el cristal de un vaso de plástico; huero como la sinfonía de la nada, pionero del sonido ambiente, padre del mapa sonoro de climax amputado; o lo que es lo mismo, Cage aporreando mentalmente el piano en la Quinta Avenida rodeado de un séquito, ¡cómo no, Wolf y yo de cuerpo presente!, que espera que pase algo cuando en realidad vuelve a suceder lo mismo de siempre y, como no, de un modo diferente en cada entrega: nada.