
Crest
Tortoise
It’s all around you, Lp
Thrill Jockey, 2004
MP3: http://www.megaupload.com/?d=1HLK4YU1
Absorto contemplo la superficie de la piscina climatizada, la claridad de sus aguas, lo diáfano de su a través, de su entre, del espacio que separa a mi cuerpo del fondo de la cavidad que me permite repasar mentalmente lo sucedido durante los últimos días, cercanas horas, lejanos minutos.
A ella no sólo acuden artistas del mediático subsuelo neoyorkino, sino también padres arrastrando a sus polluelos a la clase de natación. Y ellos, los más pequeños, bien cerca del borde es cuando tienen que enfrentarse a la soledad que también siento yo. Sin mano a la que asirse, ignoran lo que les puede suceder; pasar de cero a cien sin notar apenas golpe alguno. Ajenos a la inherente amenaza que el humano encarna, quizá puedan presentir su caída al agua de un modo fortuito, hecho que les permite albergar en sus propias carnes la sensación casi eterna del desaparecer de la faz de la tierra.
Por lo menos fue lo que sentí yo aquella tarde soleada de verano en que aguardaba la conclusión de la digestión; tres horas marcaba mi madre como inevitable lapso de tiempo; eterna espera mientras contemplaba al resto de niños como disfrutaban, ya, de la interminable tarde de juegos acuáticos en lo que era la piscina pública de mi lejano lugar de origen. Nada, ni nadie, me hacían presagiar lo que el destino iba a depararme. Fingidas disputas a un lado, carreras por otro, gritos y explosiones de ignorada felicidad eran los síntomas de otra tarde más de infinita diversión; hasta que la espera se vio truncada por una mano sobre mi espalda, falsa amiga que me envió al fondo de la piscina de adultos, territorio virgen para mi escasa edad. De cero a cien sin notar espera alguna, tan sencillo como cerrar los ojos y sentir la insana protección de un baño de cromo. Mi incapacidad para nadar, el fondo en el que no podía hacer pie; la sensación de chillar y no alcanzar el borde, o una mano que me salvara, esparcían sin remisión lo que luego sería un trauma, o mi incapacidad para sumergirme en aguas turbulentas, de inconscientes umbrales, turbias, de invisible fondo en su caudal.
Al ver a los infantes, me cercioro de que nadie se acerque con ánimo de empujarlos, indefensos, a la piscina en la que a diario luchan por mantenerse a flote, para que no les suceda lo mismo que entonces me ocurrió a mí hace ya demasiados lustros.
A ella no sólo acuden artistas del mediático subsuelo neoyorkino, sino también padres arrastrando a sus polluelos a la clase de natación. Y ellos, los más pequeños, bien cerca del borde es cuando tienen que enfrentarse a la soledad que también siento yo. Sin mano a la que asirse, ignoran lo que les puede suceder; pasar de cero a cien sin notar apenas golpe alguno. Ajenos a la inherente amenaza que el humano encarna, quizá puedan presentir su caída al agua de un modo fortuito, hecho que les permite albergar en sus propias carnes la sensación casi eterna del desaparecer de la faz de la tierra.
Por lo menos fue lo que sentí yo aquella tarde soleada de verano en que aguardaba la conclusión de la digestión; tres horas marcaba mi madre como inevitable lapso de tiempo; eterna espera mientras contemplaba al resto de niños como disfrutaban, ya, de la interminable tarde de juegos acuáticos en lo que era la piscina pública de mi lejano lugar de origen. Nada, ni nadie, me hacían presagiar lo que el destino iba a depararme. Fingidas disputas a un lado, carreras por otro, gritos y explosiones de ignorada felicidad eran los síntomas de otra tarde más de infinita diversión; hasta que la espera se vio truncada por una mano sobre mi espalda, falsa amiga que me envió al fondo de la piscina de adultos, territorio virgen para mi escasa edad. De cero a cien sin notar espera alguna, tan sencillo como cerrar los ojos y sentir la insana protección de un baño de cromo. Mi incapacidad para nadar, el fondo en el que no podía hacer pie; la sensación de chillar y no alcanzar el borde, o una mano que me salvara, esparcían sin remisión lo que luego sería un trauma, o mi incapacidad para sumergirme en aguas turbulentas, de inconscientes umbrales, turbias, de invisible fondo en su caudal.
Al ver a los infantes, me cercioro de que nadie se acerque con ánimo de empujarlos, indefensos, a la piscina en la que a diario luchan por mantenerse a flote, para que no les suceda lo mismo que entonces me ocurrió a mí hace ya demasiados lustros.
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