
We need freedom (sigla mix)
Antico
We need freedom, 12”
Baia degli angeli, 1991
MP3: http://www.megaupload.com/?d=AU17U2E2
Nada extraño se esconde bajo la afirmación de que existen diferentes modos de mesurar el tiempo, siendo uno de ellos el puramente cuantificable; otro, sin embargo, remite a ese transcurso desde una óptica tan objetiva como distante, inexacta y poco aconsejable ante excesos de precisión.
Así avanza la inexorabilidad cuando doy vueltas al café con leche, formando éste una sucesión de ondas en su superficie que mueren en los albores de las paredes de la taza. Tal ejemplo somete, de paso, a la desecación del óleo dispuesto en grandes manchas vaporosas, ligeramente incoloras, extendidas sobre los vastos lienzos apilados en este mi taller del Village neoyorkino. En él di mis primeros pasos dentro del mundo del arte, y a él sigo aferrado por alguna razón que no consigo vislumbrar. A pesar de haber conocido épocas mejores, aquellos pujantes sesenta, no me quejo de la suerte que he corrido desde que llegué a EE.UU. procedente del viejo continente. Mis recuerdos, vagos, siempre consiguen precipitarse por el abismo de una huida precipitada y exitosa, manchados de un dolor irrefrenable que en bastantes contadas ocasiones puebla la faz de algunos de esos cuadros míos que han pasado tan desapercibidos, como la Fé en uno mismo en estos tiempos que corren hacia la deriva del orden moral.
Cuando las anotaciones a pie de página de mi diario revelen el fin de mi ansia por perpetuar el sentido de lo que hago, entonces podré echar la vista atrás cansado, y hastiado, del vacío que proclamo como instaurado en esta sociedad sin pastor. En ese instante, quizá datado en el tiempo, lograré, a la perfección, cuantificar la magnitud del esfuerzo que hicieron mis tíos al solicitar mi custodia y traerme consigo a la pujanza de Norteamérica. Si no soy capaz de alcanzar dicho estadio es que no habrá merecido la pena su sacrificio y si el de mis padres.
Antico
We need freedom, 12”
Baia degli angeli, 1991
MP3: http://www.megaupload.com/?d=AU17U2E2
Nada extraño se esconde bajo la afirmación de que existen diferentes modos de mesurar el tiempo, siendo uno de ellos el puramente cuantificable; otro, sin embargo, remite a ese transcurso desde una óptica tan objetiva como distante, inexacta y poco aconsejable ante excesos de precisión.
Así avanza la inexorabilidad cuando doy vueltas al café con leche, formando éste una sucesión de ondas en su superficie que mueren en los albores de las paredes de la taza. Tal ejemplo somete, de paso, a la desecación del óleo dispuesto en grandes manchas vaporosas, ligeramente incoloras, extendidas sobre los vastos lienzos apilados en este mi taller del Village neoyorkino. En él di mis primeros pasos dentro del mundo del arte, y a él sigo aferrado por alguna razón que no consigo vislumbrar. A pesar de haber conocido épocas mejores, aquellos pujantes sesenta, no me quejo de la suerte que he corrido desde que llegué a EE.UU. procedente del viejo continente. Mis recuerdos, vagos, siempre consiguen precipitarse por el abismo de una huida precipitada y exitosa, manchados de un dolor irrefrenable que en bastantes contadas ocasiones puebla la faz de algunos de esos cuadros míos que han pasado tan desapercibidos, como la Fé en uno mismo en estos tiempos que corren hacia la deriva del orden moral.
Cuando las anotaciones a pie de página de mi diario revelen el fin de mi ansia por perpetuar el sentido de lo que hago, entonces podré echar la vista atrás cansado, y hastiado, del vacío que proclamo como instaurado en esta sociedad sin pastor. En ese instante, quizá datado en el tiempo, lograré, a la perfección, cuantificar la magnitud del esfuerzo que hicieron mis tíos al solicitar mi custodia y traerme consigo a la pujanza de Norteamérica. Si no soy capaz de alcanzar dicho estadio es que no habrá merecido la pena su sacrificio y si el de mis padres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario