7 de enero



When it rains

Brad Meldhau
Largo, Lp
WEA, 2002
MP3:
http://www.megaupload.com/?d=VY5J5TER

Con el buen sabor de boca que deja la música orquestada con manos de seda, salimos a la entreplanta buscando una bocanada de aire fresco. Comienzan a formarse, cuales hormigueros, agrupaciones, selectas, como la carne de la cena, en torno a damas vestidas de tiros tan largos como los norteamericanos en Vietnam. Sus melenas ululan con la misma alegría traviesa que el arponero deposita en cada golpe de gracia. Por arte de magia, incluida en el precio de la entrada, aparecen bandejas pobladas de copas exultantes de burbujas.
Poco, o nada, debe quedar para destripar al bueno del banquero, allí postrado oteando el horizonte de un skyline que se le viene encima por obra y virtud de haber confiado en un sistema anclado en parafina. ¡Ah!, paramecios y palmeritas, moda y meditación; quizá la visión parcial del Empire State le recuerde en lo que se convirtió el editor de Photoplay, la revista de cine de Andy Warhol, luego vulgar retratista-serigrafista a sueldo de 15.000 dólares. De buen seguro que la lluvia que azota la ciudad le resbalaría
Sin llegar a caer en el tedio soporífero de los 480 minutos del Empire del recolector de cadáveres exquisitos –para él–, la cámara se acciona y comienza a registrar momentos que, sin ser memorables, si que componen una agradable sinfonía de notas menores.

- ¡Garçon! –subiendo ligeramente el tono para atraer la atención de la camarera.
- Garçon significa chico en francés –corrige, educadamente, arrastrando las erres en un acto de infinita e inevitable seducción.
- Disculpa, por un momento creía vivir una fantasía. Me había retrotraido a la época en que expuse en el Pompidou de París –me excuso paladeando el final de una frase que es, quizá, el éxito más sonado de mi carrera–. Juraría que eres originaría de un pequeño reducto de la galia, ¿no es cierto?
- Correcto –vuelve a hacerlo, a activar mi sentido de la desorientación–. De Bourdeaux.
- ¡Mon dieu!, y yo, anciano y bebiendo champaigne, coqueteando con una supernova como vouz. Permíteme ofrecerte una de tus copas para brindar por les enfantes de la Republique.
- No me está permitido señor, son normas de la casa. Perdone pero tengo que regresar al trabajo.
- No lo olvides preciosa, cualquier día un rayo nos divide en dos; explota tu talento antes de ello –sentencio con una medio sonrisa.

La cámara sobrevuela, a vista de pájaro, la estancia deteniéndose en meros aspectos superficiales, inanes trasuntos de silicona que recitan de memoria las frases consignadas en sus diminutos cerebros.

- Tu debes de ser Martina, la última sensación del entramado musical. En estos tiempos en que las casas discográficas han llegado a empeñar hasta los discos de platino de aquellos negros que ni siquiera sabían cantar en playback, has conseguido lo más difícil: llegar. Porque podrán decirte lo que quieran, pero la verdad es que alcanzar el número 50 del Billboard no es tarea baladí. Si, ya lo se, te vendrán con la historia de que lo realmente complicado es mantenerse en dicho estatus, pero muchacha, con tus curvas en Le Mans muchos se saldrían de la pista.
- Para no conocerlo sabe mucho de mi vida. ¿A qué se debe tanto entusiasmo? –me responde mostrándome sus relucientes fauces.
- Si te lo digo no me creerías. Si hubiese tenido una hija hubiera deseado que fuese como tu –vaya, me sale la vena paternal.
- ¿A qué se refiere? ¿cantante?
- No, me hubiera gustado que fuese negra, como tu.

Con la reverberación propia de las últimas palabras dichas en vida, las ventanas se cierran de golpe anunciando la inminente segunda parte de la velada. Del tocador regresan manadas de damas elucubrando cual de ellas portará el más pesado fardo de envidia. Desaparecen los camareros, las luces caen, y allí no ha pasado más que lo de siempre, lo mismo que la última vez, y exactamente la base del calco de la siguiente: nada.
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