10 de diciembre



Suicide

Automatics
Cesárea, Lp
Elefant Records, 1994
MP3:
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Perdona Evelyn pero voy a llorar de la emoción. Años sin hacerlo y de repente, dos días seguidos van a convertirme en un sensible elemento mortal –no creo que les valga como explicación, pero es lo único que consigo argumentar–. No sabes cuanto bien me están produciendo estas viandas, me están sirviendo de purificación; seguro que tendrán cierto efecto en algún cuadro que consiga pintar las semanas próximas, o quizá dentro de años –en ocasiones tiendo al autoengaño–.
Ante mí comienzan a barajarse diferentes opciones en torno a la naturaleza de las sensaciones que brotan en mis papilas gustativas. Y con ello se erijen castillos de arena compactos por un agua quizá ¿bíblica?
¿La salsa de los varenikes es de tomate? Tiene que ser tomate por el intenso sabor, ¿no? Un poco ácida tal vez, bueno,para mi desacostumbrado paladar –parece que lo he arreglado al final–.
¿Pero será tomate? ¿De verdad?; sí, me refiero a si puede ser otro ingrediente natural, o si debiera pensar en alguna posibilidad irracional. Piensa mal y acertarás me decía siempre Guerrero cuando llegó a Nueva York de su querida España.
Es una curiosa mezcla que he puesto en práctica ayer mismo para esta ocasión. Son tomates deshidratados empapados en sangre humana
–empalagósamente recita como de memoria Evelyn–.
El labio inferior empieza nerviosamente a temblarme como cuando me retiraron la beca de estudios. ¿Pero no era esta la familia perfecta? ¿A que se dedica el rabino en sus ratos libres? ¿Y yo?, pedazo de estúpido, ¿qué hago sentado aquí con ellos siguiéndoles el juego?
Como por arte de una magia que no existe, del mismo lugar de donde procedía aquel batir de alas, nos alcanza el ensordecedor estruendo de una colisión digna de los últimos días de Pompeya. Absortos en un fino hilillo de caos controlado, nos asomamos como adormilados a la ventana para contemplar lo sucedido. Y yo, sin haberme olvidado de todo lo increíblemente anterior, me tapo los oídos para que el claxon, presionado por el esternón del inevitable cadáver, no perfore mis tímpanos derramando lo mismo que empapaban los tomates de la salsa de los varenikes.
Doy vueltas como una croqueta que rebota ante los límites del precipicio de la cama. Comprimo la almohada junto a mis oídos para mitigar el silbido del maldito despertador que me ha sacado de algún extraño sueño en el que, seguro, aparecía como protagonista. Haga lo que haga siempre busco ser el centro de atención, incluso en aquellas batallas perdidas de antemano.

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