Pull the sucker off
Fine Young Cannibals
She drives me crazy,
London Records, 1988
MP3: http://www.megaupload.com/?d=CACXA5T1
El poco tiempo libre que poseo lo dedico, en las más de las ocasiones, a preparar deliciosas, como dirían los queridos oriundos de la capital del reino del arte, delicatessen. La cocina me relaja tanto como apasiona, y todo por la complicidad que se establece con la materia prima; el resultado, como en el arte, flirtea por esa delgada y quebradiza línea que une el éxito con el fracaso; quizá esa sea otra razón por la que congenio a las mil maravillas con la praxis culinaria, inagotable fuente de placer.
Algo obviado en las inauguraciones de las exposiciones es la parte referente al catering, o como dirían aquellos otros, los canapés. No confundir, por favor, con el mueble, sino con la forma en que los pequeños bocados se presentan en esas demostraciones de que el arte es tan burgués como elitista, y con ello siempre unido a la clase dominante, la ostentosa poseedora de la mayor parte de la riqueza.
Más allá de todo ello, la parafernalia se desinfla al decorar el producto con meras comparsas, puro fuego de artificio a base de exóticas especias, colorantes, flores comestibles del trópico, extractos selváticos… al final ya no sabe si uno contempla el arte abstracto o lo devora. Pero hasta arribar el barco a puerto, a la mesa, o a la pared de la galería, la obra sufre infinidad de estudios físico-químicos; la compatibilidad del pigmento con la resina, la temperatura de cocción, la deshidratación de las verduras, la disposición de las pinceladas, la conservación de las frutas escarchadas; el éter vaporoso cual campo de color diluido en el taller de la gran manzana del judío emigrante Rothko; el graffiti de huevo y tinta de calamar, los paños calientes del segoviano Andrés Vicente produciendo la sensación de un difuso y persistente movimiento nervioso; la tortilla agasajada con su propia fécula y exenta de huevo…
Me duele la cabeza y quizá no se deba al arroz con oreja servido en cazuela de barro, justo al dente, en Can Toni, sino a la náusea de haber perdido el enésimo tren hacia Kassel, otro año más.
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