Metallica
Master of puppets, LP
Elektra, WEA, 1986
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Tras unas jornadas de extraña tranquilidad, recobro la fugacidad del tiempo tras dejar atrás la llanura del Anteinfierno, vastas y opacas hectáreas de premonitorio pasto de lo venidero. El traje metálico que por coraza porto me aísla del frío, de la gélida sensación térmica de la soledad en mitad de la planicie. También me libera del dolor de mis pies, protegiéndome por ello del pedregal ensañado a la tierra. Entonces todo mi cuerpo se halla a cubierto, excepto mi frágil mente y esas rendijas que en la base de los pies llevo por respiraderos y sumideros, por las que se cuelan corrientes de aire fresco que ventilan el interior refugio de este mi cuerpo. Un acceso para las fauces del incoloro líquido que por efecto óptico en azul se transforma; el agua del trasvasado mar, frontera natural divisoria del Infierno y Anteinfierno: el Aqueronte. Días vagando en espera de verle la cara, y en frente mío lo tengo, río en donde abrevan los renegados, olvidados, los mártires en vida; lugar donde terminan de errar las almas en pena. El Aqueronte, savia nueva del horror. Zonas oscuras cobijan las ánimas perdidas en su seno, remanso de errores trágicos. Golpes de sangre fresca asomando en la superficie, ocaso de una vía muerta, principio y fin de un estado futuro. Ancho y hermoso, inmenso en su derecho a la vida, muestra su personalidad forjada con el paso de años y vidas usurpadas. Desafío al caminante, al peregrino en su camino a los círculos concéntricos de la locura, el Infierno; héroe de leyenda en el transcurso de una obligada e infeliz preparatoria al Anteinfierno. Las rendijas de mi coraza absorberán la mansa mancha azulada. ¿Cobijará mi cuerpo parte de la vida de otros seres que siguieron el mismo itinerario que establezco? Quizá el destino me arroje a su lado; quizá me acoja con sus brazos abiertos; quizá no haya mañana donde pueda contemplar al visitante que acecha el río de la vida.
La coraza es una falsa compañera, metal compungido corrompido de óxido materno. Es natural que me descomponga un poco más al lado suyo, que envejezcamos un poco más a la par unidos por el arrullo de las aguas correr en nuestro interior.
El Aqueronte, siguiente mella en el camino, fracción infinitesimal del averno venidero, comienzo del calvario físico y existencial, psíquico y emocional. Lágrimas uniéndose al rió de la vida, y al de la muerte; lágrimas, moléculas, partículas de los retazos abandonados en el vareo del ancho surco excavado en la zona fronteriza, entre el Anteinfierno y el propio Infierno.
Ya pesan las suelas, y entra el agua empapando mi camisa en dolor. Se filtra el líquido de fuerza desglosada en sales radiantes de negativa energía. El origen del descenso comienza con una breve planicie, zona donde descargar el dolor justo antes de abordar el primer círculo del Infierno, ese que asoma implacable con una negrura intimidante.
Al fondo, y sin ni siquiera llevar atravesado el primer tramo, asoma ya la zona mixta de corrupta y malsana melancolía. Todo lo dicho ya se comprobará en su momento, cuando abandone, si lo hago, el transcurso de este cauce malvado, cruce de la muerte justo antes de la salvación, instantes antes de liberarse del pecado original. Pero será justo cuando salga, imposible indemne del arroyo del mal, el Aqueronte, cuando afronte la última etapa en este mi viaje iniciático con la muerte, el Infierno.








