Supuestamente condenados a vivir eternamente, los moradores de almas se pierden en obscuras diatribas, esas que protegen el misterio de la vida y la muerte. Mitos y cavernas, seres fantasmagóricos envueltos en harapos propios de una elemental sabiduría, la del sentido del avance de los pasos.
Cede el sol ahora que cae y se mece la noche, lugar por el que transitar en busca de una evidencia, una verdad que sirva de asidero, de sendero para alcanzar lo inexplicable. Plomadas de nieve acolchan la tierra virgen; un algo entre las rocas, palimpsesto de tonos perecederos, palpita y emite ruegos en mitad de la crisálida; plegarias de que por fin cambie la dirección de la bestia que, cobijada, lucha por dominar el cuerpo que la soporta.
De repente, la tormenta ha cesado, y algo se mueve fuera. Entreabro la puerta con ese chirriar de los vetustos goznes anclados a unas no menos añejas jambas. Lo que veo es lo que hay, rompientes crestas marinas embisten con toda su energía los acantilados. Un cielo plúmbeo cobija la zona, prados de un gris plomizo coronados por lápidas de eternas luchas internas, aquellas que colocan a algunos al borde del abismo en busca de un camino que no es sino un fino ribazo entre los ambages de la vida. Y no es que surja de dentro, sino de otro, y ya que vida y muerte son lesbianas, empieza a tornarse realidad el vuelo de alguien, que perdido, ha querido trasladarse desde aquí hasta el más allá de los muertos en un viaje sin retorno posible ya.
R.I.P.

No hay comentarios:
Publicar un comentario