
Logic
The Sisters of Mercy
First and Last and Always, LP
WEA Records, 1985
MP3: http://www.megaupload.com/?d=V5Q3THG5
Todo ocurrió mientras diseccionaba parte de las complicadas verdades, para el común de los públicos, que Danto concentra en torno a la muerte del arte tal y como se ha conocido hasta nuestros días, fecha trazada en torno a 1962 cuando se dio por fenecido el Expresionismo Abstracto; la noción del arte tenida hasta la fecha diferiría por completo de la que habría de alcanzar pasados los años.
En ello me hallaba yo con todos los poros abiertos ávidos de captar toda la energía luminosa que el sol enviaba con el fin de sintetizar la vitamina D en torno a mi piel, fina y protectora capa de esos agentes externos siempre dispuestos a infringirme un severo castigo. La lectura evolucionaba por unos derroteros muy interesantes en torno a las famosas Brillo Box de aquel incipiente dibujante publicitario del mundo de la moda neoyorkina, Andy Warhola. Sumido en un estado de leve, placentero y, supuestamente por el cariz que los acontecimientos iban a tomar, adivinable éxtasis, unas sombras asomaron de soslayo en derredor mío. La previsión metereológica había previsto cambios ostentosos para el día siguiente, por lo que no tenía lógica alguna un nubarrón de semejantes características focalizado en torno a mi banco, plácido acomodo sobre el que depositaba mi cuerpo en esta tarde de un domingo que desfallece.
Al levantar lentamente la cabeza presencio el rostro de tres hombres de edades diferenciadas, uno más próximo a la tercera que a la madurez en la que se encontraban los dos restantes. Sorprendido atendí a su saludo, ya que la educación no es una rémora que reside sobre mis espaldas; no acertaba a vislumbrar la intención de estos individuos que juntos pasaban la tarde de un domingo soleado cualquiera en una ciudad de provincias. Sin saber muy bien que decir en tal circunstancia les saludé e inquirí el motivo de su repentina y sorpresiva incisión en mi lectura.
Mientras Jerry recogía las cáscaras de las naranjas recién exprimidas, se percató de que su zumo de naranja requería una dosis extra de vitamina C, pero no une otre chose que diría Lacan, no, sino una descarga de ácido propia del mismísimo Spanky -creador del acid-house en el Chicago de los ochenta-. Se acercó al frutero, en el que también se encontraban los limones, situado junto al alfeizar de madera de una de las viejas ventanas de madera de la cocina, la cual orientada al norte, en ese amanecer soleado, dejaba entrever a las mariposas revolotear entre los pétalos y corolas de las flores silvestres del desatendido jardín. El aleteo parsimonioso del insecto produjo la descarga del polen que contenían sus alas, acto que desencadenaría una futura fecundación en la planta.
Dios ha venido a visitarte; esa fue la carta de presentación de dicha facción terrenal que anunciaba la tan ansiada presencia de la luz al final del túnel. O eso debían pensar ellos para estampar semejante frase como tarjeta de presentación. La primera impresión es la que perdura con el paso del tiempo; tal vez no sea cierta en su totalidad dicha teoría, quizá sólo parcialmente veraz; de lo que no había duda era de la cantidad de palabras empleadas por los acólitos de Cristo: cinco.
Sin posibilidad de reaccionar, contemplaba atónito la voluntad que ¿el destino? me había regalado este día, el mismo en el que os vierto estas líneas.
¡Pero si Dios ha muerto!, eso resonaba en mi cabeza. Joder, ¡Dios ha muerto!, ¿pero que quieren esto tipos, dinero, sexo, captar nuevos miembros para una secta? Los rayos del sol no me dejaban ver su cara con exactitud, hecho que añadiría un extraño rictus a mi rostro, de buen seguro sorprendido. Pero señores, si Dios murió con el nacimiento del Superhombre, tras haber subido a las montañas hastiado de la debacle en la que el ser humano se había sumido; como ahora vienen y comienzan una disertación acerca de las bondades de su creencia desde la misma base que abolió el creador de un discurso amparado en la voluntad de poder -der Will der Macht-.
No había futuro en esa historia nacida muerta desde el mismo instante en que enhebró la última de esas cinco palabras lanzadas a un exterior que consumió todo ese hálito que intentaba transmitirme en un intento vano de obrar un milagro construido en base a algo en lo que no diferíamos, la Fe; el error venía en el amarre escogido para anclar el bote salvavidas que sentían tan propio como de otros, el mástil cristiano, la cruz de una moneda que en su anverso poseía la voluntad del individuo por encima de cualquier influjo exotérico alguno: la Fe en uno mismo.
La muerte de esta historia estaba escrita desde líneas más arriba, del mismo modo que Danto relató la muerte del arte contemplativo en cuanto a puro placer sensorial.
Nadie pensaba en la cara oculta de Jerry, su ávida alteridad de suplantar una realidad, su vida, por otro transcurrir en manos de terceros propensos a juegos maquiavélicos, una secta que le abdujo en mitad del vasto y rural prado en el que creció. Empalizadas en un perímetro cerrado a cal y canto, oscuros ritos en mitad de la noche oscura del alma, pociones mágicas de lógicas anfetaminas con las que escribir las torcidas líneas que algunos creen reconocer en textos convulsos de hondo calado. Jerry y su triste final, preso de la locura entre gritos desgarradores y extremidades férreamente presas por unas lianas enhebradas con la misma materia que habría de retirarle el oxígeno de sus pulmones.
En ello me hallaba yo con todos los poros abiertos ávidos de captar toda la energía luminosa que el sol enviaba con el fin de sintetizar la vitamina D en torno a mi piel, fina y protectora capa de esos agentes externos siempre dispuestos a infringirme un severo castigo. La lectura evolucionaba por unos derroteros muy interesantes en torno a las famosas Brillo Box de aquel incipiente dibujante publicitario del mundo de la moda neoyorkina, Andy Warhola. Sumido en un estado de leve, placentero y, supuestamente por el cariz que los acontecimientos iban a tomar, adivinable éxtasis, unas sombras asomaron de soslayo en derredor mío. La previsión metereológica había previsto cambios ostentosos para el día siguiente, por lo que no tenía lógica alguna un nubarrón de semejantes características focalizado en torno a mi banco, plácido acomodo sobre el que depositaba mi cuerpo en esta tarde de un domingo que desfallece.
Al levantar lentamente la cabeza presencio el rostro de tres hombres de edades diferenciadas, uno más próximo a la tercera que a la madurez en la que se encontraban los dos restantes. Sorprendido atendí a su saludo, ya que la educación no es una rémora que reside sobre mis espaldas; no acertaba a vislumbrar la intención de estos individuos que juntos pasaban la tarde de un domingo soleado cualquiera en una ciudad de provincias. Sin saber muy bien que decir en tal circunstancia les saludé e inquirí el motivo de su repentina y sorpresiva incisión en mi lectura.
Mientras Jerry recogía las cáscaras de las naranjas recién exprimidas, se percató de que su zumo de naranja requería una dosis extra de vitamina C, pero no une otre chose que diría Lacan, no, sino una descarga de ácido propia del mismísimo Spanky -creador del acid-house en el Chicago de los ochenta-. Se acercó al frutero, en el que también se encontraban los limones, situado junto al alfeizar de madera de una de las viejas ventanas de madera de la cocina, la cual orientada al norte, en ese amanecer soleado, dejaba entrever a las mariposas revolotear entre los pétalos y corolas de las flores silvestres del desatendido jardín. El aleteo parsimonioso del insecto produjo la descarga del polen que contenían sus alas, acto que desencadenaría una futura fecundación en la planta.
Dios ha venido a visitarte; esa fue la carta de presentación de dicha facción terrenal que anunciaba la tan ansiada presencia de la luz al final del túnel. O eso debían pensar ellos para estampar semejante frase como tarjeta de presentación. La primera impresión es la que perdura con el paso del tiempo; tal vez no sea cierta en su totalidad dicha teoría, quizá sólo parcialmente veraz; de lo que no había duda era de la cantidad de palabras empleadas por los acólitos de Cristo: cinco.
Sin posibilidad de reaccionar, contemplaba atónito la voluntad que ¿el destino? me había regalado este día, el mismo en el que os vierto estas líneas.
¡Pero si Dios ha muerto!, eso resonaba en mi cabeza. Joder, ¡Dios ha muerto!, ¿pero que quieren esto tipos, dinero, sexo, captar nuevos miembros para una secta? Los rayos del sol no me dejaban ver su cara con exactitud, hecho que añadiría un extraño rictus a mi rostro, de buen seguro sorprendido. Pero señores, si Dios murió con el nacimiento del Superhombre, tras haber subido a las montañas hastiado de la debacle en la que el ser humano se había sumido; como ahora vienen y comienzan una disertación acerca de las bondades de su creencia desde la misma base que abolió el creador de un discurso amparado en la voluntad de poder -der Will der Macht-.
No había futuro en esa historia nacida muerta desde el mismo instante en que enhebró la última de esas cinco palabras lanzadas a un exterior que consumió todo ese hálito que intentaba transmitirme en un intento vano de obrar un milagro construido en base a algo en lo que no diferíamos, la Fe; el error venía en el amarre escogido para anclar el bote salvavidas que sentían tan propio como de otros, el mástil cristiano, la cruz de una moneda que en su anverso poseía la voluntad del individuo por encima de cualquier influjo exotérico alguno: la Fe en uno mismo.
La muerte de esta historia estaba escrita desde líneas más arriba, del mismo modo que Danto relató la muerte del arte contemplativo en cuanto a puro placer sensorial.
Nadie pensaba en la cara oculta de Jerry, su ávida alteridad de suplantar una realidad, su vida, por otro transcurrir en manos de terceros propensos a juegos maquiavélicos, una secta que le abdujo en mitad del vasto y rural prado en el que creció. Empalizadas en un perímetro cerrado a cal y canto, oscuros ritos en mitad de la noche oscura del alma, pociones mágicas de lógicas anfetaminas con las que escribir las torcidas líneas que algunos creen reconocer en textos convulsos de hondo calado. Jerry y su triste final, preso de la locura entre gritos desgarradores y extremidades férreamente presas por unas lianas enhebradas con la misma materia que habría de retirarle el oxígeno de sus pulmones.
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