23 de julio


tom’s diner (a capella)

Suzanne vega
tom's diner, 7”
A&M Records, 1987
MP3: http://www.megaupload.com/?d=RO3CFRDK


La agenda de eventos semanal ha caído en la cuenta de la obligatoriedad que resulta ser la visita al museo del monocromo. Más vale rectificar tarde que nunca; más teniendo en cuenta el valor que le conceden las personas a este tipo de publicaciones, ya que les evita confrontarse ante su voluntad. La corrección llevada a cabo por los editores supone internarse de lleno en el estrato social de una clase media anhelante de sentir aprovechar su tiempo a la par que su piel se aja sin emociones que llevarse para sus adentros.
Yo, en el fondo, tampoco iba a diferir tanto del resto de comunes mortales, esos que se postran ante mis lienzos sintiendo envidia por la vida que supuestamente ellos piensan que gozo. Las huellas dactilares, impregnadas en la oscura tinta del suplemento al que suscrito estoy, revelan el paso del tiempo; semanalmente, sigiloso alcanza el buzón de mi espacio residencial con el fin de atestiguar el giro de la Tierra, el aumento de los niveles de CO2, la muerte de alguna mujer indefensa, etc; la vida misma acaeciendo.
Todo sigue igual allí afuera, eso es lo que descifran mis negras huellas dactilares mientras degusto un sabroso y calórico almuerzo; la existencia de un mundo allende mi burbuja, esa en la que, las menos de las veces, magníficamente instaurado me siento tras correr delante de las cargas policiales o de lanzar piedras en pacifistas manifestaciones en pro del fin de la violencia. La vida es así, cuanto más reniega uno de algo al final acaba siendo el gurú de sus antaño fuentes de condena.

15 de julio


Late Bar

Duran Duran
Planet Hearth, 7”
EMI Records, 1981
MP3: http://www.megaupload.com/?d=ML08Y2KP

Tras mucho vagar henchido del intenso frío invernal, decido guiarme por el instinto en este mar de parpadeantes luces multicolor. Como si de un Flavin tardío todo se tratase, las intermitencias luminosas excitan mi ser presa de un inagotable aféresis erótico.
Las luces no mentían, presagio de un cutre lugar de habitantes sacados de cualquier subproducto televisivo infernal. Sillones de escai, americanas de cuadros, bigotes mal afeitados, conejitas cuarentonas, alcohol aguado, sifones sin gas, sueño postrado en el mostrador, y una barra central sobre la que se agita el cuerpo de una descoyuntada leyenda que conoció tiempos mejores allá durante el reinado de Julio César.
Bombillas de poco consumo, iluminación tenue en rojo prostibulario; ¡ah!, ¿pero entonces donde estamos? Tarjetas empapadas en cocaína, saca donde depositar los nervios; enorme mosca que bate sus alas en este recinto donde el oxígeno se respira en bombonas a crédito.
No se cómo he acabado aquí, otro de mis incontables, e incontrolables, descensos a los círculos concéntricos de la esquizofrenia, esa que se apodera de mí para seducirme con su ignominiosa turbulencia nocturna. Los cuadros sin acabar, impolutos; las facturas acumulándose en una pila presta a ser devorada por las llamas; y semanas sin aparecer por la rulot de mi pareja, el tormento de Angélica.
Los labios de las camareras salpican testosterona, colágeno inyectado en trastiendas por cirujanos licenciados por correo; silicona moldeada por muñones con protuberancias; despojos de la luz diurna se reúnen a diario bajo el techo de este late bar con el fin de mitigar el dolor de una errónea existencia.
Sentado próximo a la barra americana, siento como mi sexo va a explotar en mil pedazos apuntando a la endiablada serpiente que se contorsiona cual ángel invertido en una danza que me recuerda la espasmódica velocidad de la cadera de Angélica. O es que acaso…

8 de julio


Siempre hay esperanza

Sade
Stronger than pride, Lp
Epic Records, 1988
MP3: http://www.megaupload.com/?d=SR4N64O4

Los nubarrones augurando una inminente descarga no podían encontrar relación maligna alguna con la humedad reinante en mi sexo, hecho que me hizo reflexionar en torno a las causas de tan placentero asunto.
La causante vino a ser la misma que puebla y aterra mis pesadillas, Angélica; el rostro, ora áspid ora vulgar stripper en un bar de barra americana, que puebla los más oscuros lugares de ese inconsciente que unas veces me transporta hacia el páramo sexual, y otras explosiona ubicando las manchas de color sobre el bastidor que un octogenario sueco está dispuesto a comprar con el dinero ganado explotando a jóvenes licenciados poco doctos en la vida.
Las piernas de Angélica atrapando la llave del placer, cerrando la compuerta hidráulica de inserción eréctil; su lengua, contorsionista indócil, capaz de anudar el esperma extrayendo el mapa genético de él. Húmedas proyecciones a 24 fotogramas de alto voltaje erótico que me recuerdan los pasos a deshacer con tal de volver a inyectar el falo por el orificio nasal de la odiosa reina del sexo extremo. Humillarme, como tantas otras veces; implorar una rendición anticipada por ambos consabida; si algo odio más que a ella es a mí falta de valor para quebrantar el vínculo invisible por el que me tiene asido. Reptar como un saurio ansioso de una luz que en pocas ocasiones consigo atisbar, esa que allana mi trabajo, sublimación del color dispuesto en capas ordenadas lacadas con la misma materia que se interpone entre los cuerpos de mis oníricas perversiones sexuales: látex.

1 de julio


New York Express

Hard-Headed (Armand Van Helden)
UMM 148, 12”
UMM (under license from Strictly Rhythm), 1994
MP3:
http://www.megaupload.com/?d=IRJ77BVG

Tras una primavera tan llena de fracasos económicos como artísticos, las aguas vuelven a su cauce, aquel que nunca debieron abandonar, el del dinero fácil gracias a encargos sin rostro sobre los que poder depositar esa mercancía incapaz de colocar a compradores nacionales. Es lo que tienen los nuevos ricos, una desaforada facilidad para confundir capital con calidad; y ahí estoy yo, mandando a mis ayudantes usar el tampón para firmar otra interminable serie de litografías. De todo el material que soy capaz de generar, sin duda alguna, la obra gráfica es la que mayor beneficio me reporta, y, por supuesto, menor dolor de cabeza me suscita.
Nueva York tiene eso y más, una fina capa de agua amenazando la temperatura ambiente de mis obras en almacén; le gente acosando a mi galerista con la única finalidad de comprar cualquier basura alojada en mi estudio; la fluctuación de la bolsa acechando sobre el desplome del crudo, que no hace sino reafirmar el valor en alza de las energías renovables. Ahí está parte del juego en el que desde hace tiempo inmerso estoy, el del mercado del arte, flujo energético inagotable, prostitución de lujo, lencería fina; orujo, lujo y flujo de capitales rebotados del parqué financiero a la pared del suntuoso ático en el Greenwich con vistas a Central Park.
Dado que la ética se imparte como unidad didáctica en los temarios de historia del arte, y por haberme ganado ya el puesto en el cielo de los castigados sin postre, espero ansioso que la computadora electrónica made in japan muestre la cifra, en euros por favor, del montante que supondrá esta ‘nueva’ infinita serie de litografías presas de todo eso que tanto le gusta, y pide, la más común de la gente: la más absoluta nada envuelta en ambrosía.

24 de junio


Necrosis en la poya


Esplendor Geométrico

Necrosis en la poya, 7”

Tic Tac Records, 1981

MP3: http://www.megaupload.com/?d=P2KFM8YC


Nunca consideré la posibilidad de visitar al hermano de Angélica, por la sencilla razón de que empleaba una dialéctica de futbolero empedernido, de hooligan empapado en cerveza que trufaba sus comentarios con continuos reproches sobre las disfunciones y desventajas de ser mujer en la sociedad actual, o por lo menos la suya; aunque la actual incluye la pormenorización posterior. Teníamos tanto en común como el resumen de mis lienzos abstractos de un modo certero, ecuánime y en términos aptos para todos los públicos, es decir, absolutamente nada.

Cuando Angélica me comentó que su hermano trabajaba en una fundición bosquejé unos gruesos trazos mentales acerca de qué encontraría al llegar allí el día que decidiese bajar de mi nube particular para mezclarme, contaminarme, con una sustancia parecida a la que atesoraba su hermana: rencor. Ante este imaginario paisaje, las formas manieristas del Greco casan a la perfección en el ejercicio de inacabable estiramiento que la miseria humana alcanza en más de las ocasiones deseables.

Un buen día, de esos que de vez en cuando el destino tiende a entregar para que no pueda echársele en cara la falta de generosidad que tiene para con algunos mortales, decidí apartar mis prejuicios y acercarme a conocerlo. Si el director de arte de Mad Max hubiera tenido conocimiento de la existencia de este paradero, la cúpula del trueno habría tenido su mejor emplazamiento en una apocalíptica nave como esta donde los obreros respiran a través de mascarillas, mientras unos a otros se contemplan con los ojos rojos inyectados en un azufre que los vuelve tan irascibles como dóciles.

Como dije antes, se trataba de un buen día; Eric, el hermano de Angélica, deglutía algo empapado en grasa mientras me tendía la sucia mano en gesto de saludo que me ponía, ya de inicio, entre la espada y la pared. La maquinaria fundía bronce a la par que salpicaba los restos al rojo vivo de un modo que me hizo temer por mi vida mientras que, gracias a ello, a kilómetros de allí mi marchante veía como mi cotización ascendía como si de un valor bursátil me tratara.

Conocedor de mi perpetua esclavitud para con el arte, como si de un Jesucristo de la pintura me tratase, Eric me comenta que ciertos escultores deciden enviar sus encargos para que rudos obreros como él fabriquen una pieza que luego valdrá miles de euros, de los que él, por supuesto, no verá más que una fracción infinitesimal. Así es la vida Eric, nadie te puso una pistola cuando esnifabas pegamento, ahora no me vengas con esas; cuando te bebías hasta el vidrio de las botellas yo tenía que vagar por el parque para oxigenar mi alma en busca de la inspiración que me liberara de mi carga maldita de ser en un mundo que no elegí, pero en el que he de mantenerme a flote hasta el fin de mis días –todo pensado para mis adentros claro–.

De repente cesa el engranaje de la turbina ventilador; el ambiente se calma, podemos conversar de un modo más cercano. Con cierta gracia recuerda cuando apareció David Smith por allí inquiriendo que se le fabricase un cubo perfecto. Un tipo extraño para el que términos como concepto y minimal eran comodines en un lenguaje plagado de referencias intelectuales. Poco a poco Eric se enciende cuando le viene la imagen de su capataz explicándole como debía crear un cubo perfecto. Y como si la chispa adecuada le hubiera alcanzado de lleno, explota recobrando el azufre en sus ojos: ¿¡Qué no sabemos hacer un cubo de mierda!?

Las turbinas comienzan a rugir, los hornos a vociferar; el humo lo cubre todo. ¡Que no sabemos lo que son nueve caras iguales: un mazacote de mierda!

Ya no es el mismo, ha vuelto a ser exactamente tal y como su hermana me lo había descrito, plagado de rencor y miseria, una copia exacta de lo que más posee su hermana Angélica.

17 de junio


El Único Juego En La Ciudad


La Mode

El eterno femenino, Lp

Nuevos Medios, 1982

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La noticia alcanza a escucharse al otro lado de la sala; una conferencia telefónica transatlántica avisa que una de mis obras ha sido vendida en Christies Londres por una cifra cinco veces mayor a la inicialmente fijada. Otra vez más he vuelto a hacerlo, a ponerle un lazo de celofán al producto ansiado por la sociedad; ya sólo queda festejarlo junto a mis compañeros, esos de antiguas fatigas y sinsabores, de amargos reveses y eternas noches; esos con los que merodeaba los comedores públicos los últimos días de mes; hoy ya no queda nada ni de ellos ni de mí, tan sólo espectros de unos seres del mejor pasado infinitamente sufrido: carne de lata para perros, agua no potable en duchas públicas, restos de comida a las puertas del ultramarinos, vino de cartón caliente en un continente completamente ajeno: América, te odio tanto. Hoy, por suerte, todo es muy diferente.

La noticia ha causado un gran revuelo dentro del séquito reunido en la inauguración de la nueva galería; una antigua compañera ha decidido vender su alma al diablo con el fin de construirse un mausoleo de puro vil metal. Y aquí, junto a ella, estamos todos deseando formar parte de su lista de artistas en residencia.

Quintuplicar el precio de salida no es tarea baladí, esto se merece una celebración por todo lo alto. En un juego de indiscutible implicación frívola y nocturna, la ciudad debe actuar como el tablero donde desarrollar los trazos de una exaltación de las más básicas funciones vitales, proponiendo seguir la estela de un desbocado José Guerrero sólo queda decir aquello tan citado entonces: bebámonos el cuadro.

10 de junio


Canción de las tierras altas


Niños del Brasil

Del amor y el odio, Lp

Discos del amor y odio, 1999 (reedición)

MP3: http://www.megaupload.com/?d=8Y1IJN99


El eco sordo, de las palabras de Angélica retumbando en mi interior, suelda mis pies a la tierra que hubiera hecho las delicias de los genuinos impresionistas. La pureza, nunca surgida de dicha mujer, encuentra en estas tierras altas la perfecta conjunción con una materia de ostentoso ocre que, ante la incidencia de un sol menguado en intensidad, fuerza el destino hacia una ensoñación dorada.

Si de algo adolece la mezcla, el mortero, es de sentimientos, ya que ha fraguado con mis pies en su interior, al cobijo caliente de unos enlaces que sujetan mi cuerpo a la tierra que algún día me verá marchar. Ahí llega la alta velocidad; como viene se marcha, perdiéndose en el espacio, poco a poco olvidándose en el tiempo. Su sonido empuja al eco de las palabras hirientes hacia una parcela que debiera haber sido abandonada por la siempre omnipresente Angélica.

Me cuesta concentrarme en el objeto de unos pensamientos que, teñidos por una luz epatante, podrían abrir, cual puerta, el abanico multicolor con el que abastecer los lienzos solicitados para una nueva exposición. La imprimación, de un rojo tenue violentamente dispuesto, aclara parte de la estética implícita en la obra; la disposición formal anuncia la adscripción a una categoría, la del redil Greengbergniano, apreciada históricamente; aquella del signo pictórico, pincelada dispuesta para la posteridad.

La ciencia avanza y con ella la historia, el curso del tiempo desaparece mientras el arte ocupa múltiples salas de más y peores museos, como aquel del monocromo donde reposan algunos de mis más codiciados lienzos. No se que entregar a mis ávidos compradores; no encuentro motivo con el que llenar unos bastidores que, encorsetados en lino, son cotizados incluso antes de ser iniciados. Tal vez sea el momento de retornar a la paleta de entremezcladas tonalidades, aquella donde los primarios se trocan por secundarios, el aire por gas, el verde por azul y la locura por luz.

Me rasco la oreja y aparto las briznas de paja recién cortada por las cosechadoras; otros tiempos, tal vez mejores, doscientos años ha, el trigo florecía con paciencia, con el único ánimo de alimentar más que especular con la vida de unos muchos ni siquiera vistos jamás. Quizá haya llegado la hora de cambiar los campos de color por interminables praderas al cobijo del sol. El infinito como ejercicio simplificado de la realidad fruto de mi irresoluto axioma vital: una enferma abstracción pictórica sustentada en el vacío social.