
tom’s diner (a capella)
Suzanne vega
tom's diner, 7”
A&M Records, 1987
MP3: http://www.megaupload.com/?d=RO3CFRDK
La agenda de eventos semanal ha caído en la cuenta de la obligatoriedad que resulta ser la visita al museo del monocromo. Más vale rectificar tarde que nunca; más teniendo en cuenta el valor que le conceden las personas a este tipo de publicaciones, ya que les evita confrontarse ante su voluntad. La corrección llevada a cabo por los editores supone internarse de lleno en el estrato social de una clase media anhelante de sentir aprovechar su tiempo a la par que su piel se aja sin emociones que llevarse para sus adentros.
Yo, en el fondo, tampoco iba a diferir tanto del resto de comunes mortales, esos que se postran ante mis lienzos sintiendo envidia por la vida que supuestamente ellos piensan que gozo. Las huellas dactilares, impregnadas en la oscura tinta del suplemento al que suscrito estoy, revelan el paso del tiempo; semanalmente, sigiloso alcanza el buzón de mi espacio residencial con el fin de atestiguar el giro de la Tierra, el aumento de los niveles de CO2, la muerte de alguna mujer indefensa, etc; la vida misma acaeciendo.
Todo sigue igual allí afuera, eso es lo que descifran mis negras huellas dactilares mientras degusto un sabroso y calórico almuerzo; la existencia de un mundo allende mi burbuja, esa en la que, las menos de las veces, magníficamente instaurado me siento tras correr delante de las cargas policiales o de lanzar piedras en pacifistas manifestaciones en pro del fin de la violencia. La vida es así, cuanto más reniega uno de algo al final acaba siendo el gurú de sus antaño fuentes de condena.
Suzanne vega
tom's diner, 7”
A&M Records, 1987
MP3: http://www.megaupload.com/?d=RO3CFRDK
La agenda de eventos semanal ha caído en la cuenta de la obligatoriedad que resulta ser la visita al museo del monocromo. Más vale rectificar tarde que nunca; más teniendo en cuenta el valor que le conceden las personas a este tipo de publicaciones, ya que les evita confrontarse ante su voluntad. La corrección llevada a cabo por los editores supone internarse de lleno en el estrato social de una clase media anhelante de sentir aprovechar su tiempo a la par que su piel se aja sin emociones que llevarse para sus adentros.
Yo, en el fondo, tampoco iba a diferir tanto del resto de comunes mortales, esos que se postran ante mis lienzos sintiendo envidia por la vida que supuestamente ellos piensan que gozo. Las huellas dactilares, impregnadas en la oscura tinta del suplemento al que suscrito estoy, revelan el paso del tiempo; semanalmente, sigiloso alcanza el buzón de mi espacio residencial con el fin de atestiguar el giro de la Tierra, el aumento de los niveles de CO2, la muerte de alguna mujer indefensa, etc; la vida misma acaeciendo.
Todo sigue igual allí afuera, eso es lo que descifran mis negras huellas dactilares mientras degusto un sabroso y calórico almuerzo; la existencia de un mundo allende mi burbuja, esa en la que, las menos de las veces, magníficamente instaurado me siento tras correr delante de las cargas policiales o de lanzar piedras en pacifistas manifestaciones en pro del fin de la violencia. La vida es así, cuanto más reniega uno de algo al final acaba siendo el gurú de sus antaño fuentes de condena.
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