10 de junio


Canción de las tierras altas


Niños del Brasil

Del amor y el odio, Lp

Discos del amor y odio, 1999 (reedición)

MP3: http://www.megaupload.com/?d=8Y1IJN99


El eco sordo, de las palabras de Angélica retumbando en mi interior, suelda mis pies a la tierra que hubiera hecho las delicias de los genuinos impresionistas. La pureza, nunca surgida de dicha mujer, encuentra en estas tierras altas la perfecta conjunción con una materia de ostentoso ocre que, ante la incidencia de un sol menguado en intensidad, fuerza el destino hacia una ensoñación dorada.

Si de algo adolece la mezcla, el mortero, es de sentimientos, ya que ha fraguado con mis pies en su interior, al cobijo caliente de unos enlaces que sujetan mi cuerpo a la tierra que algún día me verá marchar. Ahí llega la alta velocidad; como viene se marcha, perdiéndose en el espacio, poco a poco olvidándose en el tiempo. Su sonido empuja al eco de las palabras hirientes hacia una parcela que debiera haber sido abandonada por la siempre omnipresente Angélica.

Me cuesta concentrarme en el objeto de unos pensamientos que, teñidos por una luz epatante, podrían abrir, cual puerta, el abanico multicolor con el que abastecer los lienzos solicitados para una nueva exposición. La imprimación, de un rojo tenue violentamente dispuesto, aclara parte de la estética implícita en la obra; la disposición formal anuncia la adscripción a una categoría, la del redil Greengbergniano, apreciada históricamente; aquella del signo pictórico, pincelada dispuesta para la posteridad.

La ciencia avanza y con ella la historia, el curso del tiempo desaparece mientras el arte ocupa múltiples salas de más y peores museos, como aquel del monocromo donde reposan algunos de mis más codiciados lienzos. No se que entregar a mis ávidos compradores; no encuentro motivo con el que llenar unos bastidores que, encorsetados en lino, son cotizados incluso antes de ser iniciados. Tal vez sea el momento de retornar a la paleta de entremezcladas tonalidades, aquella donde los primarios se trocan por secundarios, el aire por gas, el verde por azul y la locura por luz.

Me rasco la oreja y aparto las briznas de paja recién cortada por las cosechadoras; otros tiempos, tal vez mejores, doscientos años ha, el trigo florecía con paciencia, con el único ánimo de alimentar más que especular con la vida de unos muchos ni siquiera vistos jamás. Quizá haya llegado la hora de cambiar los campos de color por interminables praderas al cobijo del sol. El infinito como ejercicio simplificado de la realidad fruto de mi irresoluto axioma vital: una enferma abstracción pictórica sustentada en el vacío social.

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