24 de junio


Necrosis en la poya


Esplendor Geométrico

Necrosis en la poya, 7”

Tic Tac Records, 1981

MP3: http://www.megaupload.com/?d=P2KFM8YC


Nunca consideré la posibilidad de visitar al hermano de Angélica, por la sencilla razón de que empleaba una dialéctica de futbolero empedernido, de hooligan empapado en cerveza que trufaba sus comentarios con continuos reproches sobre las disfunciones y desventajas de ser mujer en la sociedad actual, o por lo menos la suya; aunque la actual incluye la pormenorización posterior. Teníamos tanto en común como el resumen de mis lienzos abstractos de un modo certero, ecuánime y en términos aptos para todos los públicos, es decir, absolutamente nada.

Cuando Angélica me comentó que su hermano trabajaba en una fundición bosquejé unos gruesos trazos mentales acerca de qué encontraría al llegar allí el día que decidiese bajar de mi nube particular para mezclarme, contaminarme, con una sustancia parecida a la que atesoraba su hermana: rencor. Ante este imaginario paisaje, las formas manieristas del Greco casan a la perfección en el ejercicio de inacabable estiramiento que la miseria humana alcanza en más de las ocasiones deseables.

Un buen día, de esos que de vez en cuando el destino tiende a entregar para que no pueda echársele en cara la falta de generosidad que tiene para con algunos mortales, decidí apartar mis prejuicios y acercarme a conocerlo. Si el director de arte de Mad Max hubiera tenido conocimiento de la existencia de este paradero, la cúpula del trueno habría tenido su mejor emplazamiento en una apocalíptica nave como esta donde los obreros respiran a través de mascarillas, mientras unos a otros se contemplan con los ojos rojos inyectados en un azufre que los vuelve tan irascibles como dóciles.

Como dije antes, se trataba de un buen día; Eric, el hermano de Angélica, deglutía algo empapado en grasa mientras me tendía la sucia mano en gesto de saludo que me ponía, ya de inicio, entre la espada y la pared. La maquinaria fundía bronce a la par que salpicaba los restos al rojo vivo de un modo que me hizo temer por mi vida mientras que, gracias a ello, a kilómetros de allí mi marchante veía como mi cotización ascendía como si de un valor bursátil me tratara.

Conocedor de mi perpetua esclavitud para con el arte, como si de un Jesucristo de la pintura me tratase, Eric me comenta que ciertos escultores deciden enviar sus encargos para que rudos obreros como él fabriquen una pieza que luego valdrá miles de euros, de los que él, por supuesto, no verá más que una fracción infinitesimal. Así es la vida Eric, nadie te puso una pistola cuando esnifabas pegamento, ahora no me vengas con esas; cuando te bebías hasta el vidrio de las botellas yo tenía que vagar por el parque para oxigenar mi alma en busca de la inspiración que me liberara de mi carga maldita de ser en un mundo que no elegí, pero en el que he de mantenerme a flote hasta el fin de mis días –todo pensado para mis adentros claro–.

De repente cesa el engranaje de la turbina ventilador; el ambiente se calma, podemos conversar de un modo más cercano. Con cierta gracia recuerda cuando apareció David Smith por allí inquiriendo que se le fabricase un cubo perfecto. Un tipo extraño para el que términos como concepto y minimal eran comodines en un lenguaje plagado de referencias intelectuales. Poco a poco Eric se enciende cuando le viene la imagen de su capataz explicándole como debía crear un cubo perfecto. Y como si la chispa adecuada le hubiera alcanzado de lleno, explota recobrando el azufre en sus ojos: ¿¡Qué no sabemos hacer un cubo de mierda!?

Las turbinas comienzan a rugir, los hornos a vociferar; el humo lo cubre todo. ¡Que no sabemos lo que son nueve caras iguales: un mazacote de mierda!

Ya no es el mismo, ha vuelto a ser exactamente tal y como su hermana me lo había descrito, plagado de rencor y miseria, una copia exacta de lo que más posee su hermana Angélica.

No hay comentarios: