
Luz de cruce
Nacha Pop
Más números, otras letras, Lp
DRO, 1983
MP3: http://www.megaupload.com/?d=KHQXL3FE
Con sumo cuidado tomo la curva de entrada al pequeño pueblo donde esta semana me toca repasar las notas acerca de los lienzos, solicitados por mi galería, necesarios para la exposición colectiva que tendrá lugar próximamente en no se que recóndita parte del ansioso planeta cultural. Viene a ser lo mismo de siempre, un ejercicio de hueca falsedad espiritual, líquida sustancia propia de un odre agujereado hasta la extenuación; por esas fugas naturales la insipidez del relato se precipita hacia un exterior que anhela leer redondas introspecciones en asuntos de índole privada que atienden a mitigar las carencias de una sociedad ávida de residuos intelectuales. Magia y precisión en un discurso que recurre, en ocasiones, a prospecciones que alcanzan una profundidad en la que el acuífero hallado semeja turbio por innecesario; estúpido por alcanzar a desenterrar los fantasmas de un yo tal que el otro que se pliega a dar lo que el público desea: leer en otros la incapacidad de escribir su propia obra. Una vez hecho el trasvase maestro-esclavo cada uno puede seguir el derrotero por el que avanzar mientras escucha el silbido de los palos de ciego violando el vacío por el que transitar inmerso en omnipresentes sombras.
El texto que me solicitan viene acotado por todas sus caras, aristas que para un artista suponen un límite que bien puede coartar su existencia, su voluntad de ser único en el mundo. Como si de un pastor sin ovejas se tratase, el pintor encuentra en la planitud del requerimiento la necesidad de revelarse contra sí mismo ya que ¿no es sino él el que ha fomentado tan estrecha ligadura?
Cuando la noche cae enciendo las de cruce, luces que muestran las calles por las que nadie transita al abrigo de la montaña. Alguna liebre asiente a mis pensamientos mientras hunde su mirada inocente en mi rostro, no tan inocente, herido por el cortante gélido viento. Curiosamente, estoy ardiendo y tengo frío, temblando al amparo de una dicotomía que alumbra el fuego interno que no calienta sino quema, arde en una conjura contra mi marchante, ave rapaz carroñera presta a multitud de juegos en torno al dinero que generan mis pinturas -algunas en el museo del monocromo-, por las que algún coleccionista privado pagaría una fortuna con tal de tener en la pared de su retiro diario una muestra exclusiva de la nada impregnada en un blanco de pureza subliminal. El gesto desapareció, la marca indeleble del artista no figura entre los elementos diferenciales de mi lenguaje pictórico postmoderno. ¡Qué curioso, un nuevo expresionista! dirían algunos de los ingenuos visitantes mientras ponen todo el empeño en teorizar acerca de la forma y la belleza, la estética y el buen gusto, el ser, estar y, sobre todo, y muy en detrimento suyo, parecer.
Nacha Pop
Más números, otras letras, Lp
DRO, 1983
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Con sumo cuidado tomo la curva de entrada al pequeño pueblo donde esta semana me toca repasar las notas acerca de los lienzos, solicitados por mi galería, necesarios para la exposición colectiva que tendrá lugar próximamente en no se que recóndita parte del ansioso planeta cultural. Viene a ser lo mismo de siempre, un ejercicio de hueca falsedad espiritual, líquida sustancia propia de un odre agujereado hasta la extenuación; por esas fugas naturales la insipidez del relato se precipita hacia un exterior que anhela leer redondas introspecciones en asuntos de índole privada que atienden a mitigar las carencias de una sociedad ávida de residuos intelectuales. Magia y precisión en un discurso que recurre, en ocasiones, a prospecciones que alcanzan una profundidad en la que el acuífero hallado semeja turbio por innecesario; estúpido por alcanzar a desenterrar los fantasmas de un yo tal que el otro que se pliega a dar lo que el público desea: leer en otros la incapacidad de escribir su propia obra. Una vez hecho el trasvase maestro-esclavo cada uno puede seguir el derrotero por el que avanzar mientras escucha el silbido de los palos de ciego violando el vacío por el que transitar inmerso en omnipresentes sombras.
El texto que me solicitan viene acotado por todas sus caras, aristas que para un artista suponen un límite que bien puede coartar su existencia, su voluntad de ser único en el mundo. Como si de un pastor sin ovejas se tratase, el pintor encuentra en la planitud del requerimiento la necesidad de revelarse contra sí mismo ya que ¿no es sino él el que ha fomentado tan estrecha ligadura?
Cuando la noche cae enciendo las de cruce, luces que muestran las calles por las que nadie transita al abrigo de la montaña. Alguna liebre asiente a mis pensamientos mientras hunde su mirada inocente en mi rostro, no tan inocente, herido por el cortante gélido viento. Curiosamente, estoy ardiendo y tengo frío, temblando al amparo de una dicotomía que alumbra el fuego interno que no calienta sino quema, arde en una conjura contra mi marchante, ave rapaz carroñera presta a multitud de juegos en torno al dinero que generan mis pinturas -algunas en el museo del monocromo-, por las que algún coleccionista privado pagaría una fortuna con tal de tener en la pared de su retiro diario una muestra exclusiva de la nada impregnada en un blanco de pureza subliminal. El gesto desapareció, la marca indeleble del artista no figura entre los elementos diferenciales de mi lenguaje pictórico postmoderno. ¡Qué curioso, un nuevo expresionista! dirían algunos de los ingenuos visitantes mientras ponen todo el empeño en teorizar acerca de la forma y la belleza, la estética y el buen gusto, el ser, estar y, sobre todo, y muy en detrimento suyo, parecer.




