20 de Mayo


Luz de cruce

Nacha Pop
Más números, otras letras, Lp
DRO, 1983
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Con sumo cuidado tomo la curva de entrada al pequeño pueblo donde esta semana me toca repasar las notas acerca de los lienzos, solicitados por mi galería, necesarios para la exposición colectiva que tendrá lugar próximamente en no se que recóndita parte del ansioso planeta cultural. Viene a ser lo mismo de siempre, un ejercicio de hueca falsedad espiritual, líquida sustancia propia de un odre agujereado hasta la extenuación; por esas fugas naturales la insipidez del relato se precipita hacia un exterior que anhela leer redondas introspecciones en asuntos de índole privada que atienden a mitigar las carencias de una sociedad ávida de residuos intelectuales. Magia y precisión en un discurso que recurre, en ocasiones, a prospecciones que alcanzan una profundidad en la que el acuífero hallado semeja turbio por innecesario; estúpido por alcanzar a desenterrar los fantasmas de un yo tal que el otro que se pliega a dar lo que el público desea: leer en otros la incapacidad de escribir su propia obra. Una vez hecho el trasvase maestro-esclavo cada uno puede seguir el derrotero por el que avanzar mientras escucha el silbido de los palos de ciego violando el vacío por el que transitar inmerso en omnipresentes sombras.
El texto que me solicitan viene acotado por todas sus caras, aristas que para un artista suponen un límite que bien puede coartar su existencia, su voluntad de ser único en el mundo. Como si de un pastor sin ovejas se tratase, el pintor encuentra en la planitud del requerimiento la necesidad de revelarse contra sí mismo ya que ¿no es sino él el que ha fomentado tan estrecha ligadura?

Cuando la noche cae enciendo las de cruce, luces que muestran las calles por las que nadie transita al abrigo de la montaña. Alguna liebre asiente a mis pensamientos mientras hunde su mirada inocente en mi rostro, no tan inocente, herido por el cortante gélido viento. Curiosamente, estoy ardiendo y tengo frío, temblando al amparo de una dicotomía que alumbra el fuego interno que no calienta sino quema, arde en una conjura contra mi marchante, ave rapaz carroñera presta a multitud de juegos en torno al dinero que generan mis pinturas -algunas en el museo del monocromo-, por las que algún coleccionista privado pagaría una fortuna con tal de tener en la pared de su retiro diario una muestra exclusiva de la nada impregnada en un blanco de pureza subliminal. El gesto desapareció, la marca indeleble del artista no figura entre los elementos diferenciales de mi lenguaje pictórico postmoderno. ¡Qué curioso, un nuevo expresionista! dirían algunos de los ingenuos visitantes mientras ponen todo el empeño en teorizar acerca de la forma y la belleza, la estética y el buen gusto, el ser, estar y, sobre todo, y muy en detrimento suyo, parecer.

13 de Mayo


Galaxia

Ana D
Satélite 99,Lp
Elefant Records, 1997
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La tenue línea divisoria, entre la madrugada dionisiaca que se quita la vida y el amanecer apolíneo, en ocasiones se torna barrera infranqueable a modo de muro por la que no alcanzar el objetivo impuesto tantas veces de memoria aprendido. El camino se fractura de repente ante una tapia que se yergue sin vacilación ninguna interponiéndose entre el yo y un futuro del que no se ha conseguido atisbar resquicio alguno dentro del presente en el pueda hallarse uno inmerso.
Rodando ladera abajo, hasta topar con los restos de una civilización pretérita, las ruinas, no del museo, sino del acueducto romano sito cerca de las cumbres borrascosas que puedo alcanzar a ver, hallo respuestas mientras avanzo vertiginosamente hacia el callejón sin salida con el que darán mis huesos por finalizado su descenso de la noche a la mañana, sin haber reparado ni tan siquiera en los tonos de un amanecer que sabe tan amargo como el del labriego de secano en año de estiaje.
Los campos de lino asombran por la planitud sobre la que se asientan, y como si de un lienzo impresionista fuera, los colores se arraciman jaleando una ensoñación propia del estado mental del individuo próximo a desconectar en pos de ir más allá. Los límites los dicta el bastidor de este cuadro realista surgido en las primeras horas de otra mañana más; la textura, cualidad propia del material escultórico, emparenta mi visión con la que emana de la obra de una Agnes Martín post-N.Y. El trinar de los pájaros le descubrió los senderos que ya no habría de traicionar, haciendo de su trazo un acto liberador y purificador. El resultado se disuelve ante la retina de un espectador que, sumido en su propia disgregación, asiente ante la horizontalidad de la vida, el límite atisbado al fondo de un campo ocre a punto de quebrar la infinitud de unas líneas femeninas evocadoras de la más laxa paz gravitacional.

6 de Mayo


I know (demo 96)

Placebo
demo
Virgin Records, 1996
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Cuando perdí las calzas al salir, literalmente, volando de la rulot de mi amiga “la mujer más guapa del mundo”, no le concedí demasiada importancia al hecho de tener que caminar varios kilómetros hasta franquear las jambas de la puerta de entrada a mi “mansión”, con la que hipotequé parte de mi futura vida al ritmo del ladrillo caravista de un tipo de vivienda que tuvo su auge tiempo atrás: el adosado. Siempre con la otrora mirada en el cogote, la de mi vecino, he aprendido a ¿disfrutar? de mi parcial libertad justo allí donde termina la suya: en los setos de su cuadrangular terraza.
Caminar a solas bajo un sol abrasador puede resultar épico, pero hacerlo en mitad de la noche estrellada, esa que susurra violentas palabras-dardos que, casualmente, inciden todas en el centro de la memoria, no puede calificarse más que de milagro henchido en desgracia. Ella, Angélica, hizo volar por los aires mi cuerpo mientras yo escuchaba el eco de sus últimas palabras volcadas con desprecio y rencor: vales exactamente lo que tu pintura, un cero a la izquierda.
El agua zurda que empapa mi rostro rebaja la sensación térmica a un límite que no cualquier individuo podría tolerar, pero claro, mis muñecas no son de oro sino de carne huesuda, delgadas y finas como para un carpaccio de abstracta pintura. Los símbolos no son los que imaginan mi mente sino los que la realidad desploma ante mí: heridas contra mi yo más sufrido.
En la soledad del alma enferma que acuna la luz herida del cuarto menguante que, arriba en el cielo, palpita de un modo que excita a los lepidópteros, que acodan un falso hilo musical que crepita al alcanzar mis tímpanos, hay ocasiones en que la suerte alcanza incluso a la más común de la especie mortal: los desheredados. Y como uno de ellos que soy, alcanzo a ver, sospechosamente, las puertas semiabiertas del museo del monocromo.
Una vez dentro, el torrente acuoso que poblaba mi cara remite víctima del latido desproporcionado de ese músculo sano que necesita acción; lo se, sí, se que no me equivoco, presiento la extraña sensación de ver colgada en una libidinosa pared el objeto de mi desesperación; no me refiero a Angélica, sino a los lienzos encordados al revés por esa bestia zurda que soy todo yo. Y es que conforme me adentro en los entresijos del museo de la pulcritud extrema, se que me acerco a la consecución de la verdad con la que deshacer los pasos para hundir en la más triste y honda miseria al áspid reptante que es la mujer con la casa a cuestas: la tan mencionada intermitente tortuga angelical.

De repente se hace un silencio redentor en la sala que, oscura, interpela un momento de felicidad en la sinfonía de la jungla del desamor: mi cuadro indescifrable batiendo las alas, empezando a vivir.

30 de Abril


Bodies

The Smashing Pumpkins
Melloncolie and the Infinite Sadness, Lp
Virgin Records, 1995
MP3:
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La verdad es que no se que sucede conmigo; zarandeando me voy hasta que caigo de bruces contra el pedregoso suelo que, con sus brazos abiertos, ansía mi rutinaria caída. Una vez allí todo vuelve a ser cosa de la pura cotidianeidad; mi encuentro con las insignificantes partículas de polvo, las huellas magnificadas de pisadas humanas…
Me levanto sacudiéndome los restos del naufragio para proseguir mi camino rumbo al averno: la rulot de Angélica; su casa móvil, tarima flotante de oscilante vaivén vital; un día aquí, otro allá. Si algo ostenta esta apolínea sublimación son unas ganas de vivir, aunque sea presa del pánico, nuevas descargas de un ritual orgiástico que la emparenta directamente con los felinos en estado de celo. Una cama condenada a perpetuidad a sufrir el castigo, o disfrute, de la conducta sexual desviada de esa bestia humana que es la reencarnación de aquel ofidio maligno que proveyó de maldad las tersas carnes del efebo Adán.
Los encuentros con Angélica en el interior de su triste y agobiante hogar, por lo recargado de la decoración kitsh que reviste tal lugar, no pasan de meros escarceos, luego fraticidas luchas por erigirse dueño uno del otro, siempre con el denominador común del sexo, sin genuflexiones ni miramientos; caídas y golpes, insinuaciones y reproches, achaques y fintas que acaban por erigir a un vencedor sobre un derrotado y magullado oponente sexual que forma parte, entonces, de la historia, ritual, de desavenencias sufridas en vida, como hiciera en su momento aquel hombre al que ella llamaba padre, sin más.
El tiempo sana las heridas cicatrizando la última capa de la epidermis, o eso dice la teoría; la cuestión es que mis muñecas no sangran sino tiemblan cuando las contemplo bajo el caudal de agua caliente que a plomo vierte el grifo abierto de la morada de la susodicha mujer. Son cortes, poco profundos, que me recuerdan mi pasado de pintor abstracto –¡como no!–, y mi rencor, incalculable, que hacia la sociedad vertía de la mejor forma que podía. ¡Ah!, pero no soy judío ni esta mujer diseña joyas; no hay conexión posible entre el espíritu y el vino en el que me pierdo por los bares para dar contigo; mi vista se nubla y ya sólo veo al enemigo.

24 de Abril


Killing time

Anne Clarke
Terra Incognita, Lp
Ink Records, 1986
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Sentado frente al ventanal contemplo el transcurrir cotidiano de la gente normal; seres que pasan por la vida; personas que van a diario a trabajar a la par que se mueren de miedo. Entregado a tales observaciones y cavilaciones, el tiempo deshoja los pétalos a la par que el hielo, apaciblemente, se derrite entre el jugo de naranja recién exprimido. El manto caluroso cobija la sensación de perpetua desubicación mientras la radio comercial envía mensajes publicitarios sobre cómo y de qué manera es posible arrebatarle la desidia al tiempo.
Atento a la decoración de la rulot de Angélica, contemplo la amarillenta lámina de una exposición que Mark Rothko realizó en la neoyorkina galería Betty Parsons. Era el año 63 cuando se teñía la espiritualidad a golpe de pincel, últimas pinceladas en la historia de la pintura según Greengberg. Y quizá no le faltara razón porque, a modo de paralelismo, hace cuarenta años se dio cerrojazo para preconizar un todo vale que se ha instaurado en muchos órdenes de la vida.

Se recomienda consumir naranjas sin etiqueta distintiva, sin abrillantar, exentas de cualquier aderezo que las haga visualmente más atractivas; recolectadas directamente del árbol al exprimidor. Pero ya que todo vale, porque no conformarse con sucedáneos, quizá no estén tan mal; tal vez baste con probar.

Angélica tiene un gusto especial por las formas vanas y decoraciones insulsas proclives al pastiche kitsch; que le voy a hacer, es su lugar en el que me hallo. Tiene una extrema innata facilidad para combinar sin rubor alguno la réplica miniaturizada de Elvis con la lámina de Rothko; dudo que sepa del sentido de dicha pintura aunque pueda pecar de osado, ya que este reducido espacio vital puramente industrial –recuerda, una rulot– es pura mezcolanza de iconos, símbolos de tendencias capitalistas. ¿Y en qué se convirtieron sino los lienzos de judío emigrante norteamericano?: en puro ejercicio de especulación. Los lienzos en su estudio en espera de un nuevo año fiscal que redujera la presión fiscal sobre sus ventas ejemplifica muy mal “la anécdota del espíritu” que proclamaba del arte.

La razón por la que los zumos de naranja envasados presentan un grado de acidez extrema radica en que al introducirlos en la cadena de producción prensan hasta la cáscara, hecho que confiere un sabor que o bien despierta deseos humanos ocultos, o bien le lleva a plantearse la razón por la que deben existir las imitaciones, dobles representaciones

El imperio de los sentidos: entra y déjate llevar, pasa sin más, contempla sin preguntar. “Entrégate de lleno a la experiencia de las áreas de color vaporoso”; sí, Angélica, de esto tratan dichas pinturas, de eso y no más; o quizá por una vez debas leer entre líneas el mensaje embriagador que el acrílico emana de unos campos de color que atrapan como la realidad misma me regala hoy a través de este ventanal tuyo de tu tan particular lugar en el mundo.

17 de Abril


La Torre de Madrid

Azul y Negro
La Edad de los Colores, Lp
Polygram, 1981
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Tras entretenerme con fútiles divagaciones vagas en torno a la textura y materialidad de ciertas obras que, expuestas en asépticas e inmortales salas, producen un mar de tranquilidad económica a sus visionarios autores, intento encontrar con pasos acelerados la salida del museo del monocromo. Así es como me he visto atrapado en una tela de araña indiscernible que pasa por compartir, con el judío eslavo emigrado a Oregon; Mark Rothko, la cima en cuanto a espiritualidad artística en el siglo XX se refiere.
Cual salto al vacío desde una lejana torre, la paleta de muchos pintores fue sustraída por los amigos de lo ajeno dejando en cuadro aquel maletín repleto de acrílicos. Por suerte para muchos de ellos, que en su momento maldijeron por tan indecoroso acto -el de los ladrones-, la puerta se entreabrió para que empezaran a recubrir el lienzo en blanco con un “mucho” de otro blanco que devino en historia por instaurar una vena plástica asentada en la muerte del arte historicista por apoyarse en postulados filosóficos.
“Que suerte, entra calorcito por esta rendija; adentrémonos a ver que encontramos”. Y no había nada; claro, nada sobre nada, o blanco sobre blanco.
De repente aparezco en una sala vacía tan sólo poblada por una intensa luz azulada. Miro enrrededor y contemplo como mis pantalones han mutado a un azul que bien se asemeja al patentado por Klein en una jugada maestra que le colocaría en la vanguardia de un “jetismo” al que sumarían otros de los que mejor guardar silencio. ¡Pero entiéndase bien esta habitación!, receptáculo embriagado en sensaciones producidas por medios no convencionales, por lo menos no de la época de Fra Angélico o Giotto.

Con el consuelo de estar perdiendo mi tiempo, ese que ya nunca más volverá, en las entrañas del museo en ruinas, confío en que la providencia ilumine el sendero por el que escapar de esta tragicómica experiencia que bien alimentaría el espíritu del mártir Rothko; pero la casualidad dicta que ni espero la llegada de Mesías alguno, ni pretendo atiborrarme a barbitúricos para cortarme las muñecas; nada de eso, nada de nada; ¡ah!, he ahí la clave, en las pinturas negras de Reinhardt.

Dejando atrás la Neue Nacional Galerie, avanzo por Unten den Linden con una remota sobreexposición retiniana, mezcla de esa edad dorada de los colores individuales, unos azules, otros negros…