
La Torre de Madrid
Azul y Negro
La Edad de los Colores, Lp
Polygram, 1981
MP3: http://www.megaupload.com/?d=ANNP8XLC
Tras entretenerme con fútiles divagaciones vagas en torno a la textura y materialidad de ciertas obras que, expuestas en asépticas e inmortales salas, producen un mar de tranquilidad económica a sus visionarios autores, intento encontrar con pasos acelerados la salida del museo del monocromo. Así es como me he visto atrapado en una tela de araña indiscernible que pasa por compartir, con el judío eslavo emigrado a Oregon; Mark Rothko, la cima en cuanto a espiritualidad artística en el siglo XX se refiere.
Cual salto al vacío desde una lejana torre, la paleta de muchos pintores fue sustraída por los amigos de lo ajeno dejando en cuadro aquel maletín repleto de acrílicos. Por suerte para muchos de ellos, que en su momento maldijeron por tan indecoroso acto -el de los ladrones-, la puerta se entreabrió para que empezaran a recubrir el lienzo en blanco con un “mucho” de otro blanco que devino en historia por instaurar una vena plástica asentada en la muerte del arte historicista por apoyarse en postulados filosóficos.
“Que suerte, entra calorcito por esta rendija; adentrémonos a ver que encontramos”. Y no había nada; claro, nada sobre nada, o blanco sobre blanco.
De repente aparezco en una sala vacía tan sólo poblada por una intensa luz azulada. Miro enrrededor y contemplo como mis pantalones han mutado a un azul que bien se asemeja al patentado por Klein en una jugada maestra que le colocaría en la vanguardia de un “jetismo” al que sumarían otros de los que mejor guardar silencio. ¡Pero entiéndase bien esta habitación!, receptáculo embriagado en sensaciones producidas por medios no convencionales, por lo menos no de la época de Fra Angélico o Giotto.
Con el consuelo de estar perdiendo mi tiempo, ese que ya nunca más volverá, en las entrañas del museo en ruinas, confío en que la providencia ilumine el sendero por el que escapar de esta tragicómica experiencia que bien alimentaría el espíritu del mártir Rothko; pero la casualidad dicta que ni espero la llegada de Mesías alguno, ni pretendo atiborrarme a barbitúricos para cortarme las muñecas; nada de eso, nada de nada; ¡ah!, he ahí la clave, en las pinturas negras de Reinhardt.
Dejando atrás la Neue Nacional Galerie, avanzo por Unten den Linden con una remota sobreexposición retiniana, mezcla de esa edad dorada de los colores individuales, unos azules, otros negros…
Azul y Negro
La Edad de los Colores, Lp
Polygram, 1981
MP3: http://www.megaupload.com/?d=ANNP8XLC
Tras entretenerme con fútiles divagaciones vagas en torno a la textura y materialidad de ciertas obras que, expuestas en asépticas e inmortales salas, producen un mar de tranquilidad económica a sus visionarios autores, intento encontrar con pasos acelerados la salida del museo del monocromo. Así es como me he visto atrapado en una tela de araña indiscernible que pasa por compartir, con el judío eslavo emigrado a Oregon; Mark Rothko, la cima en cuanto a espiritualidad artística en el siglo XX se refiere.
Cual salto al vacío desde una lejana torre, la paleta de muchos pintores fue sustraída por los amigos de lo ajeno dejando en cuadro aquel maletín repleto de acrílicos. Por suerte para muchos de ellos, que en su momento maldijeron por tan indecoroso acto -el de los ladrones-, la puerta se entreabrió para que empezaran a recubrir el lienzo en blanco con un “mucho” de otro blanco que devino en historia por instaurar una vena plástica asentada en la muerte del arte historicista por apoyarse en postulados filosóficos.
“Que suerte, entra calorcito por esta rendija; adentrémonos a ver que encontramos”. Y no había nada; claro, nada sobre nada, o blanco sobre blanco.
De repente aparezco en una sala vacía tan sólo poblada por una intensa luz azulada. Miro enrrededor y contemplo como mis pantalones han mutado a un azul que bien se asemeja al patentado por Klein en una jugada maestra que le colocaría en la vanguardia de un “jetismo” al que sumarían otros de los que mejor guardar silencio. ¡Pero entiéndase bien esta habitación!, receptáculo embriagado en sensaciones producidas por medios no convencionales, por lo menos no de la época de Fra Angélico o Giotto.
Con el consuelo de estar perdiendo mi tiempo, ese que ya nunca más volverá, en las entrañas del museo en ruinas, confío en que la providencia ilumine el sendero por el que escapar de esta tragicómica experiencia que bien alimentaría el espíritu del mártir Rothko; pero la casualidad dicta que ni espero la llegada de Mesías alguno, ni pretendo atiborrarme a barbitúricos para cortarme las muñecas; nada de eso, nada de nada; ¡ah!, he ahí la clave, en las pinturas negras de Reinhardt.
Dejando atrás la Neue Nacional Galerie, avanzo por Unten den Linden con una remota sobreexposición retiniana, mezcla de esa edad dorada de los colores individuales, unos azules, otros negros…
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