
I know (demo 96)
Placebo
demo
Virgin Records, 1996
MP3:http://www.megaupload.com/?d=SZCGUC8P
Cuando perdí las calzas al salir, literalmente, volando de la rulot de mi amiga “la mujer más guapa del mundo”, no le concedí demasiada importancia al hecho de tener que caminar varios kilómetros hasta franquear las jambas de la puerta de entrada a mi “mansión”, con la que hipotequé parte de mi futura vida al ritmo del ladrillo caravista de un tipo de vivienda que tuvo su auge tiempo atrás: el adosado. Siempre con la otrora mirada en el cogote, la de mi vecino, he aprendido a ¿disfrutar? de mi parcial libertad justo allí donde termina la suya: en los setos de su cuadrangular terraza.
Caminar a solas bajo un sol abrasador puede resultar épico, pero hacerlo en mitad de la noche estrellada, esa que susurra violentas palabras-dardos que, casualmente, inciden todas en el centro de la memoria, no puede calificarse más que de milagro henchido en desgracia. Ella, Angélica, hizo volar por los aires mi cuerpo mientras yo escuchaba el eco de sus últimas palabras volcadas con desprecio y rencor: vales exactamente lo que tu pintura, un cero a la izquierda.
El agua zurda que empapa mi rostro rebaja la sensación térmica a un límite que no cualquier individuo podría tolerar, pero claro, mis muñecas no son de oro sino de carne huesuda, delgadas y finas como para un carpaccio de abstracta pintura. Los símbolos no son los que imaginan mi mente sino los que la realidad desploma ante mí: heridas contra mi yo más sufrido.
En la soledad del alma enferma que acuna la luz herida del cuarto menguante que, arriba en el cielo, palpita de un modo que excita a los lepidópteros, que acodan un falso hilo musical que crepita al alcanzar mis tímpanos, hay ocasiones en que la suerte alcanza incluso a la más común de la especie mortal: los desheredados. Y como uno de ellos que soy, alcanzo a ver, sospechosamente, las puertas semiabiertas del museo del monocromo.
Una vez dentro, el torrente acuoso que poblaba mi cara remite víctima del latido desproporcionado de ese músculo sano que necesita acción; lo se, sí, se que no me equivoco, presiento la extraña sensación de ver colgada en una libidinosa pared el objeto de mi desesperación; no me refiero a Angélica, sino a los lienzos encordados al revés por esa bestia zurda que soy todo yo. Y es que conforme me adentro en los entresijos del museo de la pulcritud extrema, se que me acerco a la consecución de la verdad con la que deshacer los pasos para hundir en la más triste y honda miseria al áspid reptante que es la mujer con la casa a cuestas: la tan mencionada intermitente tortuga angelical.
Placebo
demo
Virgin Records, 1996
MP3:http://www.megaupload.com/?d=SZCGUC8P
Cuando perdí las calzas al salir, literalmente, volando de la rulot de mi amiga “la mujer más guapa del mundo”, no le concedí demasiada importancia al hecho de tener que caminar varios kilómetros hasta franquear las jambas de la puerta de entrada a mi “mansión”, con la que hipotequé parte de mi futura vida al ritmo del ladrillo caravista de un tipo de vivienda que tuvo su auge tiempo atrás: el adosado. Siempre con la otrora mirada en el cogote, la de mi vecino, he aprendido a ¿disfrutar? de mi parcial libertad justo allí donde termina la suya: en los setos de su cuadrangular terraza.
Caminar a solas bajo un sol abrasador puede resultar épico, pero hacerlo en mitad de la noche estrellada, esa que susurra violentas palabras-dardos que, casualmente, inciden todas en el centro de la memoria, no puede calificarse más que de milagro henchido en desgracia. Ella, Angélica, hizo volar por los aires mi cuerpo mientras yo escuchaba el eco de sus últimas palabras volcadas con desprecio y rencor: vales exactamente lo que tu pintura, un cero a la izquierda.
El agua zurda que empapa mi rostro rebaja la sensación térmica a un límite que no cualquier individuo podría tolerar, pero claro, mis muñecas no son de oro sino de carne huesuda, delgadas y finas como para un carpaccio de abstracta pintura. Los símbolos no son los que imaginan mi mente sino los que la realidad desploma ante mí: heridas contra mi yo más sufrido.
En la soledad del alma enferma que acuna la luz herida del cuarto menguante que, arriba en el cielo, palpita de un modo que excita a los lepidópteros, que acodan un falso hilo musical que crepita al alcanzar mis tímpanos, hay ocasiones en que la suerte alcanza incluso a la más común de la especie mortal: los desheredados. Y como uno de ellos que soy, alcanzo a ver, sospechosamente, las puertas semiabiertas del museo del monocromo.
Una vez dentro, el torrente acuoso que poblaba mi cara remite víctima del latido desproporcionado de ese músculo sano que necesita acción; lo se, sí, se que no me equivoco, presiento la extraña sensación de ver colgada en una libidinosa pared el objeto de mi desesperación; no me refiero a Angélica, sino a los lienzos encordados al revés por esa bestia zurda que soy todo yo. Y es que conforme me adentro en los entresijos del museo de la pulcritud extrema, se que me acerco a la consecución de la verdad con la que deshacer los pasos para hundir en la más triste y honda miseria al áspid reptante que es la mujer con la casa a cuestas: la tan mencionada intermitente tortuga angelical.
De repente se hace un silencio redentor en la sala que, oscura, interpela un momento de felicidad en la sinfonía de la jungla del desamor: mi cuadro indescifrable batiendo las alas, empezando a vivir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario