
Sentado frente al ventanal contemplo el transcurrir cotidiano de la gente normal; seres que pasan por la vida; personas que van a diario a trabajar a la par que se mueren de miedo. Entregado a tales observaciones y cavilaciones, el tiempo deshoja los pétalos a la par que el hielo, apaciblemente, se derrite entre el jugo de naranja recién exprimido. El manto caluroso cobija la sensación de perpetua desubicación mientras la radio comercial envía mensajes publicitarios sobre cómo y de qué manera es posible arrebatarle la desidia al tiempo.
Atento a la decoración de la rulot de Angélica, contemplo la amarillenta lámina de una exposición que Mark Rothko realizó en la neoyorkina galería Betty Parsons. Era el año 63 cuando se teñía la espiritualidad a golpe de pincel, últimas pinceladas en la historia de la pintura según Greengberg. Y quizá no le faltara razón porque, a modo de paralelismo, hace cuarenta años se dio cerrojazo para preconizar un todo vale que se ha instaurado en muchos órdenes de la vida.
Se recomienda consumir naranjas sin etiqueta distintiva, sin abrillantar, exentas de cualquier aderezo que las haga visualmente más atractivas; recolectadas directamente del árbol al exprimidor. Pero ya que todo vale, porque no conformarse con sucedáneos, quizá no estén tan mal; tal vez baste con probar.
Angélica tiene un gusto especial por las formas vanas y decoraciones insulsas proclives al pastiche kitsch; que le voy a hacer, es su lugar en el que me hallo. Tiene una extrema innata facilidad para combinar sin rubor alguno la réplica miniaturizada de Elvis con la lámina de Rothko; dudo que sepa del sentido de dicha pintura aunque pueda pecar de osado, ya que este reducido espacio vital puramente industrial –recuerda, una rulot– es pura mezcolanza de iconos, símbolos de tendencias capitalistas. ¿Y en qué se convirtieron sino los lienzos de judío emigrante norteamericano?: en puro ejercicio de especulación. Los lienzos en su estudio en espera de un nuevo año fiscal que redujera la presión fiscal sobre sus ventas ejemplifica muy mal “la anécdota del espíritu” que proclamaba del arte.
La razón por la que los zumos de naranja envasados presentan un grado de acidez extrema radica en que al introducirlos en la cadena de producción prensan hasta la cáscara, hecho que confiere un sabor que o bien despierta deseos humanos ocultos, o bien le lleva a plantearse la razón por la que deben existir las imitaciones, dobles representaciones
El imperio de los sentidos: entra y déjate llevar, pasa sin más, contempla sin preguntar. “Entrégate de lleno a la experiencia de las áreas de color vaporoso”; sí, Angélica, de esto tratan dichas pinturas, de eso y no más; o quizá por una vez debas leer entre líneas el mensaje embriagador que el acrílico emana de unos campos de color que atrapan como la realidad misma me regala hoy a través de este ventanal tuyo de tu tan particular lugar en el mundo.
Atento a la decoración de la rulot de Angélica, contemplo la amarillenta lámina de una exposición que Mark Rothko realizó en la neoyorkina galería Betty Parsons. Era el año 63 cuando se teñía la espiritualidad a golpe de pincel, últimas pinceladas en la historia de la pintura según Greengberg. Y quizá no le faltara razón porque, a modo de paralelismo, hace cuarenta años se dio cerrojazo para preconizar un todo vale que se ha instaurado en muchos órdenes de la vida.
Se recomienda consumir naranjas sin etiqueta distintiva, sin abrillantar, exentas de cualquier aderezo que las haga visualmente más atractivas; recolectadas directamente del árbol al exprimidor. Pero ya que todo vale, porque no conformarse con sucedáneos, quizá no estén tan mal; tal vez baste con probar.
Angélica tiene un gusto especial por las formas vanas y decoraciones insulsas proclives al pastiche kitsch; que le voy a hacer, es su lugar en el que me hallo. Tiene una extrema innata facilidad para combinar sin rubor alguno la réplica miniaturizada de Elvis con la lámina de Rothko; dudo que sepa del sentido de dicha pintura aunque pueda pecar de osado, ya que este reducido espacio vital puramente industrial –recuerda, una rulot– es pura mezcolanza de iconos, símbolos de tendencias capitalistas. ¿Y en qué se convirtieron sino los lienzos de judío emigrante norteamericano?: en puro ejercicio de especulación. Los lienzos en su estudio en espera de un nuevo año fiscal que redujera la presión fiscal sobre sus ventas ejemplifica muy mal “la anécdota del espíritu” que proclamaba del arte.
La razón por la que los zumos de naranja envasados presentan un grado de acidez extrema radica en que al introducirlos en la cadena de producción prensan hasta la cáscara, hecho que confiere un sabor que o bien despierta deseos humanos ocultos, o bien le lleva a plantearse la razón por la que deben existir las imitaciones, dobles representaciones
El imperio de los sentidos: entra y déjate llevar, pasa sin más, contempla sin preguntar. “Entrégate de lleno a la experiencia de las áreas de color vaporoso”; sí, Angélica, de esto tratan dichas pinturas, de eso y no más; o quizá por una vez debas leer entre líneas el mensaje embriagador que el acrílico emana de unos campos de color que atrapan como la realidad misma me regala hoy a través de este ventanal tuyo de tu tan particular lugar en el mundo.
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