
Bodies
The Smashing Pumpkins
Melloncolie and the Infinite Sadness, Lp
Virgin Records, 1995
MP3: http://www.megaupload.com/?d=14K3LPVH
La verdad es que no se que sucede conmigo; zarandeando me voy hasta que caigo de bruces contra el pedregoso suelo que, con sus brazos abiertos, ansía mi rutinaria caída. Una vez allí todo vuelve a ser cosa de la pura cotidianeidad; mi encuentro con las insignificantes partículas de polvo, las huellas magnificadas de pisadas humanas…
Me levanto sacudiéndome los restos del naufragio para proseguir mi camino rumbo al averno: la rulot de Angélica; su casa móvil, tarima flotante de oscilante vaivén vital; un día aquí, otro allá. Si algo ostenta esta apolínea sublimación son unas ganas de vivir, aunque sea presa del pánico, nuevas descargas de un ritual orgiástico que la emparenta directamente con los felinos en estado de celo. Una cama condenada a perpetuidad a sufrir el castigo, o disfrute, de la conducta sexual desviada de esa bestia humana que es la reencarnación de aquel ofidio maligno que proveyó de maldad las tersas carnes del efebo Adán.
Los encuentros con Angélica en el interior de su triste y agobiante hogar, por lo recargado de la decoración kitsh que reviste tal lugar, no pasan de meros escarceos, luego fraticidas luchas por erigirse dueño uno del otro, siempre con el denominador común del sexo, sin genuflexiones ni miramientos; caídas y golpes, insinuaciones y reproches, achaques y fintas que acaban por erigir a un vencedor sobre un derrotado y magullado oponente sexual que forma parte, entonces, de la historia, ritual, de desavenencias sufridas en vida, como hiciera en su momento aquel hombre al que ella llamaba padre, sin más.
El tiempo sana las heridas cicatrizando la última capa de la epidermis, o eso dice la teoría; la cuestión es que mis muñecas no sangran sino tiemblan cuando las contemplo bajo el caudal de agua caliente que a plomo vierte el grifo abierto de la morada de la susodicha mujer. Son cortes, poco profundos, que me recuerdan mi pasado de pintor abstracto –¡como no!–, y mi rencor, incalculable, que hacia la sociedad vertía de la mejor forma que podía. ¡Ah!, pero no soy judío ni esta mujer diseña joyas; no hay conexión posible entre el espíritu y el vino en el que me pierdo por los bares para dar contigo; mi vista se nubla y ya sólo veo al enemigo.
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