
Galaxia
Ana D
Satélite 99,Lp
Elefant Records, 1997
MP3: http://www.megaupload.com/?d=AL1OQ4WX
La tenue línea divisoria, entre la madrugada dionisiaca que se quita la vida y el amanecer apolíneo, en ocasiones se torna barrera infranqueable a modo de muro por la que no alcanzar el objetivo impuesto tantas veces de memoria aprendido. El camino se fractura de repente ante una tapia que se yergue sin vacilación ninguna interponiéndose entre el yo y un futuro del que no se ha conseguido atisbar resquicio alguno dentro del presente en el pueda hallarse uno inmerso.
Rodando ladera abajo, hasta topar con los restos de una civilización pretérita, las ruinas, no del museo, sino del acueducto romano sito cerca de las cumbres borrascosas que puedo alcanzar a ver, hallo respuestas mientras avanzo vertiginosamente hacia el callejón sin salida con el que darán mis huesos por finalizado su descenso de la noche a la mañana, sin haber reparado ni tan siquiera en los tonos de un amanecer que sabe tan amargo como el del labriego de secano en año de estiaje.
Los campos de lino asombran por la planitud sobre la que se asientan, y como si de un lienzo impresionista fuera, los colores se arraciman jaleando una ensoñación propia del estado mental del individuo próximo a desconectar en pos de ir más allá. Los límites los dicta el bastidor de este cuadro realista surgido en las primeras horas de otra mañana más; la textura, cualidad propia del material escultórico, emparenta mi visión con la que emana de la obra de una Agnes Martín post-N.Y. El trinar de los pájaros le descubrió los senderos que ya no habría de traicionar, haciendo de su trazo un acto liberador y purificador. El resultado se disuelve ante la retina de un espectador que, sumido en su propia disgregación, asiente ante la horizontalidad de la vida, el límite atisbado al fondo de un campo ocre a punto de quebrar la infinitud de unas líneas femeninas evocadoras de la más laxa paz gravitacional.
Ana D
Satélite 99,Lp
Elefant Records, 1997
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La tenue línea divisoria, entre la madrugada dionisiaca que se quita la vida y el amanecer apolíneo, en ocasiones se torna barrera infranqueable a modo de muro por la que no alcanzar el objetivo impuesto tantas veces de memoria aprendido. El camino se fractura de repente ante una tapia que se yergue sin vacilación ninguna interponiéndose entre el yo y un futuro del que no se ha conseguido atisbar resquicio alguno dentro del presente en el pueda hallarse uno inmerso.
Rodando ladera abajo, hasta topar con los restos de una civilización pretérita, las ruinas, no del museo, sino del acueducto romano sito cerca de las cumbres borrascosas que puedo alcanzar a ver, hallo respuestas mientras avanzo vertiginosamente hacia el callejón sin salida con el que darán mis huesos por finalizado su descenso de la noche a la mañana, sin haber reparado ni tan siquiera en los tonos de un amanecer que sabe tan amargo como el del labriego de secano en año de estiaje.
Los campos de lino asombran por la planitud sobre la que se asientan, y como si de un lienzo impresionista fuera, los colores se arraciman jaleando una ensoñación propia del estado mental del individuo próximo a desconectar en pos de ir más allá. Los límites los dicta el bastidor de este cuadro realista surgido en las primeras horas de otra mañana más; la textura, cualidad propia del material escultórico, emparenta mi visión con la que emana de la obra de una Agnes Martín post-N.Y. El trinar de los pájaros le descubrió los senderos que ya no habría de traicionar, haciendo de su trazo un acto liberador y purificador. El resultado se disuelve ante la retina de un espectador que, sumido en su propia disgregación, asiente ante la horizontalidad de la vida, el límite atisbado al fondo de un campo ocre a punto de quebrar la infinitud de unas líneas femeninas evocadoras de la más laxa paz gravitacional.
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